Ya lo decían los Romanos, sabios gobernantes de un vasto Imperio: “Divide y Vencerás”. Frente a la unión transnacional de la Ummah, Occidente está desunido, tanto entre países que comparten esencialmente los mismos valores, como EEUU y el eje Franco-Alemán, como dentro de los propios países, con partidos sustentando posiciones antagónicas sobre un asunto de Estado (asunto en el que debiera existir un fuerte consenso).
Por otro lado la ONU, que podría ser un poder unificador, parece más un pelele puramente decorativo, y sus resoluciones se leen para defender una cosa y la contraria. Y la UE tiene aún que “constitucionalizarse” de una forma tal que se preserven los derechos de los ciudadanos más allá de los puros formalismos, y militarizarse de manera que acompañe a EEUU en el esfuerzo para mantener la paz en el mundo.
El Goliat con pies de Barro de Occidente se enfrenta al David Musulmán, que tira con su honda bombazos de enorme repercusión mediática.
En Occidente hay mucha charla de café y mucho moralismo hipócrita. No se quiere hacer daño, pero no se puede dialogar con fanáticos. Ante la barbarie no queda otra cosa que la ley y la punición. Si no se acogen a la primera se les debe imponer la segunda. La punición no es barbarie, aunque sea sangrienta en ocasiones, pues responde a los objetivos de la ley, que si es positiva, abstracta y general, no como la Sharia, son muy razonables y fáciles de comprender por todos.
Pero para aplicar la punición hay que ser fuertes, y para ser fuertes es necesario estar unidos, y para estar unidos basta con estarlo en lo fundamental, esto es, las cuestiones de Estado dentro del Estado y en los principios de democracia y libertad en lo Internacional.
Frente a esta verdad evidente están las grandes ideas y los grandes deseos de universalidad, aldea global, cosmopolitismo, que toman forma en un discurso ambiguo que sitúa, sin pretenderlo inicialmente, en pie de igualdad a la razón y a la barbarie.
En el prólogo de un libro de un autor español que he leído recientemente, sobre los conflictos en el Islam, dice este que los países en los que la Religión oficial es el Islam son tan distintos unos de otros como lo son España de Austria o esta de Filipinas. Esto lo dice para poner de manifiesto que la actitud de ciertos sectores de opinión occidentales que equipara toda forma de islamismo y todo país en el que se profese esta religión, es errada. Yo sin embargo creo que no hay error, o no al menos muy grave, en esa valoración. De hecho, el contraargumento que se puede esgrimir es sencillo: Sí, son tan diferentes unos de otros como España lo es de Austria……En la Edad Media. Porque la barbarie toma distintas formas, igual que lo hace la razón.
No pretendo negar a los hombres ilustrados o a los hombres de bien su condición dentro del Islam. También la Edad Media tuvo aquellos (y especialmente en el Islam). Simplemente apunto con el dedo a los fundamentos teóricos y prácticos de la doctrina islámica, que hacen muy difícil que cualquier sociedad que la profese prospere en el camino hacia la libertad y el desarrollo.
El Señor Pedro Martínez Montalvez escribió hace tiempo para “El Mundo”:
“Para muchos, todo esto es enormemente esperanzador y beneficioso (la situación actual de Guerra al Terrorismo) porque asegurará finalmente el triunfo de la civilización sobre la barbarie. Evidentemente, para quienes así piensan y ejecutan hay una y única forma de civilización, la que se dicen ser suya, y todo lo que no se ajuste totalmente a este modelo es barbarie. Eso sí: suelen ser entusiastas defensores, al tiempo, de la pluralidad, de la diferenciación y de la convivencia entre las culturas. Como lo concilian es un misterio”.
Esa es la clase de discurso que estimo peligroso. Si bien es cierto que el dogmatismo y maniqueísmo a ultranza de ciertos sectores de opinión es detestable, tanto en un signo político como el contrario, todo sea dicho, no es menos cierto que el modelo occidental cuenta con resultados que, mirados en global, y cuantificados en aspectos concretos como la educación, el nivel económico del ciudadano medio, la esperanza de vida por ciudadano, los avances en ciencia, la democracia y las estabilidades constitucionales…etc etc, son infinitamente más positivos que los que arroja el mundo musulmán, con toda su sabiduría coránica defendida por Imanes iluminados.
Por otro lado es notable el hecho de que en Occidente existen infinitamente más puntos de vista sobre cualquier asunto que en el mundo musulmán, lo que apunta mucho más a la pluralidad que los planteamientos teocráticos totalitarios de ellos, que asfixian casi toda iniciativa susceptible de convertirse en creativa.
¿Cómo conciliar pues el considerar nuestra civilización mejor que la Musulmana con la pluralidad cultural?, pues muy sencillo, el modelo occidental, en su esencia, se limita al régimen de gobierno y a un conjunto de normas generales recogidas en un texto constitucional, creando un marco político y jurídico que respecta en gran medida los usos y costumbres del ciudadano, permitiendo así la pluralidad, que, por sí sola, crea prosperidad, arte, ciencia....
Las democracias liberales hacen posible toda forma de expresión que respete sus fundamentos.
Pero toda aquella ideología que bajo el disfraz de una religión o de un partido atente contra los principios generales que dan cobijo a la pluralidad, debe ser aplastada. Y con ello volvemos a la punición, y terminamos con los romanos.
En el actual estado de cosas hay una enorme desunión entre los que debieran permanecer unidos, los países con justicia llamados civilizados, y en cambio hay un odio común (poder unificador donde los haya, el odio) entre un elevado porcentaje de miembros de una religión que cuenta con muchos millones de fieles. Roma esta dividida. Y los bárbaros a las puertas, llamando a bombazos.
Los Romanos, antaño, aplastaron a todo el que se opuso. Recordemos Cartago, Numancia, Jerusalén. Cualquier conato de rebelión o guerra era combatido. El Romano era, en la boyante República, un pueblo desunido entre Patricios y Plebeyos, pero a la hora de la guerra eran uno.
La Pax Romana se logró por la Guerra, y después de esta por el orden impuesto con una ley muy sensata. Nosotros podemos tener lo segundo (y hasta podríamos poner esto en solfa), pero de nada nos sirve si no aplicamos lo primero, aún en menor grado.
La punición, por su carácter no indiscriminado, no afectaría a quienes quieren vivir en paz y armonía. La ley y sus propias fuerzas e ilusiones serían para ellos la guía.
Para vivir en paz hay que hacer la guerra a los que pretenden perturbarla en aras de utopías.
Esta es, por desgracia, una de las leyes inexorables de la sociedad humana. Del grado en que la aceptemos depende nuestro futuro.
"La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira". Jean François Revel.
jueves, junio 09, 2005
miércoles, junio 08, 2005
El Dolor Legitimador
El arte plañidero ha obtenido en todo tiempo y lugar nada magros réditos de nuestra conmiseración. Instintivamente reaccionamos ante el sufrimiento ajeno otorgándole de inmediato la razón. Quien sufre vende, al menos hasta que se descubre el cuento de Pedro y el lobo, cuando no hay lobo. Resulta en ocasiones muy difícil discernir el sufrimiento real del fingido, hasta el extremo de que podemos engañarnos incluso a nosotros mismos en este punto. A veces creemos estar muy afectados por cosas que, mirándolas con atención, nos importan un pepino.
El fenómeno del dolor puede ser simple o complejo. Podría calificarse de simple en un electroshock o en una crucifixión, pero no cuando uno pierde a un ser querido o es rechazado en un trabajo. En este caso es complejo, y lo denominaremos como sufrimiento para distinguirlo del dolor simple.
Del dolor simple:
No hay nada, en mi opinión, que tenga una función biológica más clara que el dolor simple. El dolor simple es información en su estado puro. Se podría incluso calificar de sexto sentido, distinto al mero tacto. Desde la sutil incomodidad de una mala posición en la silla, o un molesto picor en la boca al comer chili, hasta los dolores padecidos en los estertores de la agonía, el dolor nos va informando, con una graduación basta pero eficiente, no de peligros potenciales, como podrían hacerlo la vista, el oído o el olfato, sino de peligros muy reales que ya han comenzado a manifestarse como daño. Si ponemos la mano en una brasa, será el dolor el que active la reacción orgánica que la aparte raudamente. El caso de Mucio Escévola, que según la mitología histórica romana dejó impertérrito que su mano ardiera, nos impresiona precisamente por lo paradójico.
Muchas escuelas y tradiciones de pensamiento y religión orientales derivan del ancestral brahmanismo una obsesión por purificarse a través de mortificaciones desmedidas. Los místicos cristianos o los sufíes musulmanes tampoco descuidaron estas catarsis. Es este, creo yo, un modo de intentar elevarse por encima de lo que uno es para mejor entrar en comunión con Dios, o el nirvana o cualquier otro producto de nuestra imaginación idealizadora. Si la razón domina a los impulsos naturales del cuerpo, parece como el jinete que coge por las riendas a un caballo desbocado y lo dirige a su antojo. Y esto confiere a la razón, junto con el papel dominante, naturaleza propia e independiente. Lo que nos lleva al alma por un curioso atajo, y esta a quien nos la insufló, o , en el caso de la mayor parte de las tradiciones orientales, a un estado superior de conocimiento, desnudo de los ropajes del autoengaño. Lo único que podrá calificarse de verdadero es que han alcanzado otro estado de consciencia. Igual que después de correr un maratón uno experimenta cambios químicos en su cerebro susceptibles de generar sensaciones placenteras, mortificarse puede ser un tortuoso camino para hallar placer. Pero para eso bastan y sobran las afables y nada histriónicas enseñanzas de Epicuro.
Algunos pueden calificar de información superflua la suministrada por el dolor simple cuando ya nada se puede hacer para reparar o salvar al organismo. Sin duda lo parece, pero eso no hace más que probar que la selección natural no opera buscando fines concretos. No había un diseño sobre el papel que luego tomara forma en un ser. El dolor no surgió para informar, pero al hacerlo permitió que los organismos pudiesen informarse y escapar mejor a los males que los acechaban. Este es un claro ejemplo de cómo "la existencia precede a la esencia", por citar a Sartre.
La mentira tiene las piernas muy cortas en lo que se refiere al dolor simple. Uno no puede por mucho tiempo fabular sobre lo postrado que le dejan los dolores sin despertar suspicacias y desprecios de los que le rodean. En cualquier caso el corto plazo que tiene el plañidero puede ser empleado hábilmente para obtener algún beneficio inmediato que no requiera, por su naturaleza, ser mantenido en el tiempo. Difícilmente podría uno vivir a costa de otros haciendo el papel de víctima de indecibles dolores. Y es que los dolores simples van generalmente acompañados de otros fenómenos que los demás pueden percibir, y la no presencia de estos despierta las sospechas.
Se puede aducir que muchos dolores son internos, que no tienen visibles manifestaciones. Pero la prudencia nos hace siempre dudar -salvo que seamos unos cándidos sin remedio- de las intenciones de quien proclama sus males físicos sin síntomas mensurables o al menos perceptibles. Solamente otorgamos nuestra confianza en estos casos a aquellos que, desde nuestro particular punto de vista, se han hecho acreedores de nuestra confianza, y de los que pensamos que no buscan obtener otro beneficio que nuestro consuelo o ayuda para paliar el dolor.
El mecanismo natural de la "teoría de la mente" (expuesto en La Falaz Equidistancia) opera en estas situaciones a pleno rendimiento.
Del sufrimiento o dolor complejo:
Nuestras "valoraciones" naturales, y no un estímulo externo, son el fundamento del dolor complejo. Estas son emanaciones de una imbricada red neural cuyo diseño responde a imperativos biológicos. Así que no podemos decir que flotamos en un limbo racional, ajeno por completo a las demandas o exigencias de nuestro organismo. No es pues el sufrimiento o dolor complejo un dolor que informe, sino un dolor inducido por una información codificada en nuestros genes.
Sería exagerado decir que nuestro comportamiento está predeterminado biológicamente. Sin embargo está tremendamente condicionado, y el sufrimiento, o dolor complejo, es un modo que el organismo tiene de frenarse a si mismo en sus impulsos erróneos (adaptativamente hablando). Este dolor complejo, pues, no informa, sino que castiga.
Es el implacable censor y el despiadado verdugo que flagela nuestra alma cuando pretende volar más alto de lo que biológicamente es permisible. Y obedece los dictados del poderoso juez de nuestras "valoraciones" biológicas, que, pese a pasar ante el teatro de nuestra mente en el que opera el "yo" desapercibidas, laboran tenazmente entre bastidores haciendo posible la obra, impulsando la supervivencia y la perpetuación de los genes a través de las generaciones.
Si uno pierde a un ser querido o es expulsado de un puesto de trabajo, por ejemplo, no se ve en tan desdichada situación, necesariamente, por su culpa. Quizá para un caso así la alegoría del juez y el verdugo se nos antoje terrible, injusta, falsa. Pero la naturaleza no se caracteriza por los miramientos para con sus criaturas. El estéril dolor del moribundo así lo demuestra. De un modo grosero y brutal nos indica que por ese camino no debemos ir, que debemos tomar otro distinto, más acorde con las necesidades de la especie. Nada importa que no hayamos nosotros provocado la dura situación que nos aflige, la sufrimos porque no es deseable para nuestros intereses instintivos (tampoco personalizar a la naturaleza, como si ella quisiera esto o lo otro o nos llevase por aquí o por allí, es correcto, y, sin embargo, se puede entender que a través de esa argucia verbal hablamos de disposiciones impersonales producto del azar y la necesidad).
Cuando somos golpeados por la adversidad (o lo que en nuestro fuero interno, consciente o no, consideramos como tal) volvemos a la indefensión primordial del recién nacido. Solamente podemos articular llantos, o balbuceos incoherentes. El llanto, que es el verbo del niño pequeño, se convierte en el portavoz de nuestro organismo. Todo nuestro aparato verbal y mental conscientes son inútiles para afrontar la magnitud de lo que nos ha caído encima. Las adversidades son casi siempre inesperadas. Y nuestro mundo se derrumba ante nuestros ojos llorosos y bajo nuestros pies temblorosos.
Este panorama desolador no es, desde luego, lo que acontece en toda situación adversa a toda persona. Es el extremo al que no siempre se llega. Pero ilustra los límites de nuestra capacidad de soportar el sufrimiento. La desesperación la experimentamos antes o después, en mayor o menor grado, según quién seamos y cuales sean nuestras propias inclinaciones, de entre todas las humanamente posibles y la particular circunstancia adversa que se nos presente.
Un hombre al que un psicólogo califique de psicópata, por ejemplo, no tendrá idénticas inclinaciones biológicas que un tipo "normal", o, para ser precisos, no tendrá la misma combinación de impulsos que un tipo clasificable como "normal" o, mejor, como "no psicópata". Tampoco entre dos personas "normales" podrá uno encontrar semejante equivalencia. Cada ser humano tiene una especial dotación biológica que, no divergiendo en lo esencial de las otras dotaciones humanas, le hace distinto y único. Estos distintos tipos humanos resultantes de las distintas combinaciones genéticas son diferentes estrategias naturales para lograr la supervivencia y perpetuación de los propios genes. El ambiente hace el resto, pero en ese resto que le queda poco puede hacer para cambiar la configuración inicial en cada individuo concreto, que es inamovible.
Habrá, pues, en la variedad derivada de las distintas combinaciones genéticas, dentro del patrón común, personas de una mayor sensibilidad para determinadas contingencias, y personas menos sensibles. Estas últimas podrán ser más o menos capaces de fingir dolor, mejores o peores actores en la tragicomedia de la vida (todo sea dicho, una estrategia más, muy aplicable en sociedad).
En la antigüedad se contrataba a mujeres para que llorasen en entierros. De ahí viene la figura de la plañidera. Esas personas no es que careciesen de sensibilidad para la muerte, simplemente eran insensibles a la muerte de personas que no tuvieran significación alguna en su particular odisea vital (sobra decir que no es lo mismo perder a tu padre que al padre de un vecino). Nada perdían con la muerte que lloraban. Ganaban, en cambio, un dinero o algún otro premio no monetario por su llanto. Su teatralidad era para ellas beneficiosa.
Igualmente beneficiosa puede ser la caracterización del sufrimiento para los que pretenden engañar la natural empatía de los demás. Sería una argucia más de entre el elenco de posibles formas de mentir. Y contaría con la ventaja de ser difícilmente detectable, dado que la única manifestación externa que tendría sería la propia palabra y el propio gesto del farsante.
Como las personas, en general, son proclives a ayudar al necesitado o a consolar al desgraciado, quien desee cierta clase de ayudas o consuelos puede tratar de ponerse teatralmente en situación para obtenerlos. Incluso puede, como decía al principio de esta larga disertación, autoengañarse, creerse su papel, convencerse de que realmente sufre (aunque el sufrimiento, todo sea dicho, distará mucho de ser igual que el que se dice tener).
Uno puede también haber sufrido, realmente, pero con posterioridad, superado el dolor, seguir aprovechándose de la buena voluntad de los demás, queriendo a hacer creer a estos que sigue hundido.
Uno puede también verse enfrentado a una situación en la que otras personas se derrumbarían, donde casi todo el mundo se derrumbaría, y desde su entereza fingir terrible pesadumbre y pedir lo que los que verdaderamente sufren reciben en parejas circunstancias.
Uno puede sentirse fatal y, pese a ello, considerar que eso le da derecho a decir lo que quiera, a pensar lo que quiera, que le da la razón, que convierte, por un sortilegio dramático, por una alquimia filosófico-moral, sus extravíos y paranoias en verdades, sus argumentos en incontestables, su punto de vista en único posible.
Y no faltarán, podemos estar seguros de ello, quienes cegados por la empatía, por el deseo de agradar a quien se encuentra desconsolado y desesperado, digan SI a lo que salga de la boca del desdichado, y le escuchen como si su sufrimiento le volviese inmaculado moralmente e infalible en sus sentencias. Ni tampoco faltarán quienes desde la segunda derivada de fingir empatía por su dolor aprovechen para darle la razón en la medida en que ello responda a sus intereses.
Querida Pilar Manjón, a ti, que pediste en tu comparecencia en la comisión del 11-M que no se politizase la masacre, te pregunto: ¿quién hace política con los muertos?.
Por tus últimas declaraciones me parece que tengo una respuesta. Al menos en lo que a ti se refiere.
Tu dolor no legitima tus palabras, ni las de nadie en realidad. Puede que la mentira que disfrazas con tu terrible desgracia no tenga las piernas tan cortas como la del dolor simple. Primero y fundamental porque tu dolor no es, casi seguro, una mentira, y segundo por la complejidad del mismo, que lo convierte en inasible y fácilmente lo pervierte en instrumental para la propagación de mentiras de otra índole.
El fenómeno del dolor puede ser simple o complejo. Podría calificarse de simple en un electroshock o en una crucifixión, pero no cuando uno pierde a un ser querido o es rechazado en un trabajo. En este caso es complejo, y lo denominaremos como sufrimiento para distinguirlo del dolor simple.
Del dolor simple:
No hay nada, en mi opinión, que tenga una función biológica más clara que el dolor simple. El dolor simple es información en su estado puro. Se podría incluso calificar de sexto sentido, distinto al mero tacto. Desde la sutil incomodidad de una mala posición en la silla, o un molesto picor en la boca al comer chili, hasta los dolores padecidos en los estertores de la agonía, el dolor nos va informando, con una graduación basta pero eficiente, no de peligros potenciales, como podrían hacerlo la vista, el oído o el olfato, sino de peligros muy reales que ya han comenzado a manifestarse como daño. Si ponemos la mano en una brasa, será el dolor el que active la reacción orgánica que la aparte raudamente. El caso de Mucio Escévola, que según la mitología histórica romana dejó impertérrito que su mano ardiera, nos impresiona precisamente por lo paradójico.
Muchas escuelas y tradiciones de pensamiento y religión orientales derivan del ancestral brahmanismo una obsesión por purificarse a través de mortificaciones desmedidas. Los místicos cristianos o los sufíes musulmanes tampoco descuidaron estas catarsis. Es este, creo yo, un modo de intentar elevarse por encima de lo que uno es para mejor entrar en comunión con Dios, o el nirvana o cualquier otro producto de nuestra imaginación idealizadora. Si la razón domina a los impulsos naturales del cuerpo, parece como el jinete que coge por las riendas a un caballo desbocado y lo dirige a su antojo. Y esto confiere a la razón, junto con el papel dominante, naturaleza propia e independiente. Lo que nos lleva al alma por un curioso atajo, y esta a quien nos la insufló, o , en el caso de la mayor parte de las tradiciones orientales, a un estado superior de conocimiento, desnudo de los ropajes del autoengaño. Lo único que podrá calificarse de verdadero es que han alcanzado otro estado de consciencia. Igual que después de correr un maratón uno experimenta cambios químicos en su cerebro susceptibles de generar sensaciones placenteras, mortificarse puede ser un tortuoso camino para hallar placer. Pero para eso bastan y sobran las afables y nada histriónicas enseñanzas de Epicuro.
Algunos pueden calificar de información superflua la suministrada por el dolor simple cuando ya nada se puede hacer para reparar o salvar al organismo. Sin duda lo parece, pero eso no hace más que probar que la selección natural no opera buscando fines concretos. No había un diseño sobre el papel que luego tomara forma en un ser. El dolor no surgió para informar, pero al hacerlo permitió que los organismos pudiesen informarse y escapar mejor a los males que los acechaban. Este es un claro ejemplo de cómo "la existencia precede a la esencia", por citar a Sartre.
La mentira tiene las piernas muy cortas en lo que se refiere al dolor simple. Uno no puede por mucho tiempo fabular sobre lo postrado que le dejan los dolores sin despertar suspicacias y desprecios de los que le rodean. En cualquier caso el corto plazo que tiene el plañidero puede ser empleado hábilmente para obtener algún beneficio inmediato que no requiera, por su naturaleza, ser mantenido en el tiempo. Difícilmente podría uno vivir a costa de otros haciendo el papel de víctima de indecibles dolores. Y es que los dolores simples van generalmente acompañados de otros fenómenos que los demás pueden percibir, y la no presencia de estos despierta las sospechas.
Se puede aducir que muchos dolores son internos, que no tienen visibles manifestaciones. Pero la prudencia nos hace siempre dudar -salvo que seamos unos cándidos sin remedio- de las intenciones de quien proclama sus males físicos sin síntomas mensurables o al menos perceptibles. Solamente otorgamos nuestra confianza en estos casos a aquellos que, desde nuestro particular punto de vista, se han hecho acreedores de nuestra confianza, y de los que pensamos que no buscan obtener otro beneficio que nuestro consuelo o ayuda para paliar el dolor.
El mecanismo natural de la "teoría de la mente" (expuesto en La Falaz Equidistancia) opera en estas situaciones a pleno rendimiento.
Del sufrimiento o dolor complejo:
Nuestras "valoraciones" naturales, y no un estímulo externo, son el fundamento del dolor complejo. Estas son emanaciones de una imbricada red neural cuyo diseño responde a imperativos biológicos. Así que no podemos decir que flotamos en un limbo racional, ajeno por completo a las demandas o exigencias de nuestro organismo. No es pues el sufrimiento o dolor complejo un dolor que informe, sino un dolor inducido por una información codificada en nuestros genes.
Sería exagerado decir que nuestro comportamiento está predeterminado biológicamente. Sin embargo está tremendamente condicionado, y el sufrimiento, o dolor complejo, es un modo que el organismo tiene de frenarse a si mismo en sus impulsos erróneos (adaptativamente hablando). Este dolor complejo, pues, no informa, sino que castiga.
Es el implacable censor y el despiadado verdugo que flagela nuestra alma cuando pretende volar más alto de lo que biológicamente es permisible. Y obedece los dictados del poderoso juez de nuestras "valoraciones" biológicas, que, pese a pasar ante el teatro de nuestra mente en el que opera el "yo" desapercibidas, laboran tenazmente entre bastidores haciendo posible la obra, impulsando la supervivencia y la perpetuación de los genes a través de las generaciones.
Si uno pierde a un ser querido o es expulsado de un puesto de trabajo, por ejemplo, no se ve en tan desdichada situación, necesariamente, por su culpa. Quizá para un caso así la alegoría del juez y el verdugo se nos antoje terrible, injusta, falsa. Pero la naturaleza no se caracteriza por los miramientos para con sus criaturas. El estéril dolor del moribundo así lo demuestra. De un modo grosero y brutal nos indica que por ese camino no debemos ir, que debemos tomar otro distinto, más acorde con las necesidades de la especie. Nada importa que no hayamos nosotros provocado la dura situación que nos aflige, la sufrimos porque no es deseable para nuestros intereses instintivos (tampoco personalizar a la naturaleza, como si ella quisiera esto o lo otro o nos llevase por aquí o por allí, es correcto, y, sin embargo, se puede entender que a través de esa argucia verbal hablamos de disposiciones impersonales producto del azar y la necesidad).
Cuando somos golpeados por la adversidad (o lo que en nuestro fuero interno, consciente o no, consideramos como tal) volvemos a la indefensión primordial del recién nacido. Solamente podemos articular llantos, o balbuceos incoherentes. El llanto, que es el verbo del niño pequeño, se convierte en el portavoz de nuestro organismo. Todo nuestro aparato verbal y mental conscientes son inútiles para afrontar la magnitud de lo que nos ha caído encima. Las adversidades son casi siempre inesperadas. Y nuestro mundo se derrumba ante nuestros ojos llorosos y bajo nuestros pies temblorosos.
Este panorama desolador no es, desde luego, lo que acontece en toda situación adversa a toda persona. Es el extremo al que no siempre se llega. Pero ilustra los límites de nuestra capacidad de soportar el sufrimiento. La desesperación la experimentamos antes o después, en mayor o menor grado, según quién seamos y cuales sean nuestras propias inclinaciones, de entre todas las humanamente posibles y la particular circunstancia adversa que se nos presente.
Un hombre al que un psicólogo califique de psicópata, por ejemplo, no tendrá idénticas inclinaciones biológicas que un tipo "normal", o, para ser precisos, no tendrá la misma combinación de impulsos que un tipo clasificable como "normal" o, mejor, como "no psicópata". Tampoco entre dos personas "normales" podrá uno encontrar semejante equivalencia. Cada ser humano tiene una especial dotación biológica que, no divergiendo en lo esencial de las otras dotaciones humanas, le hace distinto y único. Estos distintos tipos humanos resultantes de las distintas combinaciones genéticas son diferentes estrategias naturales para lograr la supervivencia y perpetuación de los propios genes. El ambiente hace el resto, pero en ese resto que le queda poco puede hacer para cambiar la configuración inicial en cada individuo concreto, que es inamovible.
Habrá, pues, en la variedad derivada de las distintas combinaciones genéticas, dentro del patrón común, personas de una mayor sensibilidad para determinadas contingencias, y personas menos sensibles. Estas últimas podrán ser más o menos capaces de fingir dolor, mejores o peores actores en la tragicomedia de la vida (todo sea dicho, una estrategia más, muy aplicable en sociedad).
En la antigüedad se contrataba a mujeres para que llorasen en entierros. De ahí viene la figura de la plañidera. Esas personas no es que careciesen de sensibilidad para la muerte, simplemente eran insensibles a la muerte de personas que no tuvieran significación alguna en su particular odisea vital (sobra decir que no es lo mismo perder a tu padre que al padre de un vecino). Nada perdían con la muerte que lloraban. Ganaban, en cambio, un dinero o algún otro premio no monetario por su llanto. Su teatralidad era para ellas beneficiosa.
Igualmente beneficiosa puede ser la caracterización del sufrimiento para los que pretenden engañar la natural empatía de los demás. Sería una argucia más de entre el elenco de posibles formas de mentir. Y contaría con la ventaja de ser difícilmente detectable, dado que la única manifestación externa que tendría sería la propia palabra y el propio gesto del farsante.
Como las personas, en general, son proclives a ayudar al necesitado o a consolar al desgraciado, quien desee cierta clase de ayudas o consuelos puede tratar de ponerse teatralmente en situación para obtenerlos. Incluso puede, como decía al principio de esta larga disertación, autoengañarse, creerse su papel, convencerse de que realmente sufre (aunque el sufrimiento, todo sea dicho, distará mucho de ser igual que el que se dice tener).
Uno puede también haber sufrido, realmente, pero con posterioridad, superado el dolor, seguir aprovechándose de la buena voluntad de los demás, queriendo a hacer creer a estos que sigue hundido.
Uno puede también verse enfrentado a una situación en la que otras personas se derrumbarían, donde casi todo el mundo se derrumbaría, y desde su entereza fingir terrible pesadumbre y pedir lo que los que verdaderamente sufren reciben en parejas circunstancias.
Uno puede sentirse fatal y, pese a ello, considerar que eso le da derecho a decir lo que quiera, a pensar lo que quiera, que le da la razón, que convierte, por un sortilegio dramático, por una alquimia filosófico-moral, sus extravíos y paranoias en verdades, sus argumentos en incontestables, su punto de vista en único posible.
Y no faltarán, podemos estar seguros de ello, quienes cegados por la empatía, por el deseo de agradar a quien se encuentra desconsolado y desesperado, digan SI a lo que salga de la boca del desdichado, y le escuchen como si su sufrimiento le volviese inmaculado moralmente e infalible en sus sentencias. Ni tampoco faltarán quienes desde la segunda derivada de fingir empatía por su dolor aprovechen para darle la razón en la medida en que ello responda a sus intereses.
Querida Pilar Manjón, a ti, que pediste en tu comparecencia en la comisión del 11-M que no se politizase la masacre, te pregunto: ¿quién hace política con los muertos?.
Por tus últimas declaraciones me parece que tengo una respuesta. Al menos en lo que a ti se refiere.
Tu dolor no legitima tus palabras, ni las de nadie en realidad. Puede que la mentira que disfrazas con tu terrible desgracia no tenga las piernas tan cortas como la del dolor simple. Primero y fundamental porque tu dolor no es, casi seguro, una mentira, y segundo por la complejidad del mismo, que lo convierte en inasible y fácilmente lo pervierte en instrumental para la propagación de mentiras de otra índole.
martes, junio 07, 2005
La Falaz Equidistancia
Hay ocasiones en las que un feliz sentimiento filantrópico nos inclina a prestar una desmedida atención a los demás. Creemos, en esos momentos de éxtasis empático, que hemos de ponernos en el lugar del otro para poder entenderlo bien, y que, de no darse esta circunstancia, estaríamos abocados al prejuicio más grosero, a la interpretación más subjetivamente sesgada, en fin, al fracaso en la comprensión del prójimo.
Este modo de enfocar el trato con otras personas, de valorar sus pensamientos y sus consiguientes actos, no es cosa exclusivamente informal, propio de relaciones sociales carentes de otro objetivo que el disfrute de la conversación y la compañía. Existe una importante corriente de pensamiento que asume esta perspectiva como propia, y que trata de dar soluciones a problemas muy reales y cuya resolución es perentoria, a partir de la misma.
Dicha corriente de pensamiento es, digámoslo así, una hidra de mil cabezas, puesto que no puede asociarse de un modo biunívoco a una específica escuela de una particular rama de la ciencia, sino que penetra en todas las ramas existentes, en mayor o menor grado, que depende a su vez del mayor o menor rigor metodológico de la respectiva ciencia.
Que esta perspectiva penetre tan fácilmente en toda ciencia se debe a que es una predisposición natural de la mente humana, que condiciona la percepción misma del mundo. Del mismo modo que tenemos en nuestra mente un eje de coordenadas espacio-temporal a partir del cual interpretamos la realidad física, y que tan paradójicas e incomprensibles hace las teorías de la relatividad y cuánticas a los profanos en la materia (entre los que me incluyo) -e incluso a los que entienden de esta- tenemos también un conjunto de predisposiciones genéticamente determinadas que forman un marco interpretativo del mundo de tipo sentimental.
Si ahondamos en la cuestión, y acudimos a los datos suministrados por las ciencias del cerebro (neurociencias), podemos descubrir toda una anatomía y fisiología del sentimiento, y en particular de la empatía. Si complementamos, además, este estudio con el de la biología evolutiva podemos obtener frutos antes inimaginables. Esto es lo que han hecho los fundadores de la escuela de la psicología evolutiva. Las conclusiones teóricas que poco a poco va desgranando esta escuela de pensamiento permiten mirar nuestros pensamientos y sentimientos a la luz de las circunstancias que los hicieron nacer.
A través de su historia evolutiva, el ser aún no del todo humano ha ido teniendo necesidades que solo parcialmente lograba satisfacer. En esa escasez primordial de la naturaleza sobrevivía, lo justo para dejar descendencia, aquel antropoide que disponían de un organismo más adaptado al ambiente y/o mejor fortuna en las circunstancias precarias y cambiantes. El resultado, su descendencia, somos cada uno de nosotros.
Las adaptaciones que permitían prosperar en el trágico medio natural daban la medida de su éxito al pasar a través de sucesivas generaciones en el sentido de la flecha del tiempo.
Y el ser cuasi-humano, que ya era indudablemente un ser social, desarrolló, entre otras adaptaciones, aquellas que le resultaron más idóneas para sobrevivir y perpetuarse dentro de este nuevo círculo ambiental, el social, inscrito dentro del círculo mayor de la naturaleza.
Así surgió lo que los neurocientíficos llaman la "teoría de la mente". Esta consiste en la habilidad de la que disponemos para interpretar el pensamiento de los otros seres humanos. Nos formamos, a partir de nuestros propios pensamientos y sentimientos, tras observar el comportamiento ajeno, una imagen borrosa de lo que el otro podría estar pensando y sintiendo, una teoría de la mente. A partir de ella surge la empatía como cosa natural, puesto que ponerse en el lugar de quien no es uno mismo requiere tener una idea, aunque sea solo aproximada, de lo que este otro podría estar pensando o sintiendo.
Por tanto, cuando tratamos con otros seres humanos asumimos como punto de partida que estos tendrán un marco de referencia sentimental idéntico al nuestro.
Esto último no debe ser malinterpretado. Todos sabemos que no es lo mismo Teresa de Calcuta que Osama Ben Laden. No es preciso que nadie nos lo explique, es obvio. Pero sin necesidad de entrar a valorar aquellos aspectos en los que la sensibilidad de los dos mentados personajes difiere ineluctablemente, podemos decir que tienen en común cosas muy destacables. Por ejemplo ambos tienen una idea y un sentir común sobre la reciprocidad, la justicia, el dolor, el miedo....etc etc. Puede que uno crea que un determinado hecho es injusto y otro justo, y en cambio el otro crea en otras justicias e injusticias muy distintas. Pero ambos sienten que hay una justicia y una injusticia, y ambos desean que se realice una y desaparezca la otra. También ambos tendrán un sentimiento de pertenencia a un colectivo. Esto es algo muy humano. Este colectivo puede ser difuso o muy claro y cerrado, pero todos tenemos por igual una necesidad de identidad con algún grupo. Uno se creerá literato, y pretenderá hacerse valer entre gentes de letras. Otro forofo de un equipo de fútbol. Y casi todos nos sentimos miembros de una familia, de un clan, de una estirpe. Y aquel que por el motivo que sea se distancia de sus raices grupales siente la anomia de Durkheim, el vacío existencial de Cioran, pero pese a todo tiene un prúrito de afán grupal que se sobrepone a este desarraigo para hacer que por lo menos se sienta parte de la humanidad, o de los que la aborrecen o la temen.
Todos estos sentimientos tan típicamente humanos condicionan sin lugar a dudas nuestra percepción y posterior interpretación de nuestro universo social.
A partir de estos elementos de juicio humano, de esta dotación de serie sentimental, es fácil caer en los excesos de la empatía. Esta, como mecanismo que permite una cierta armonía en el grupo, al poner en sintonía a sus partes, es fundamental, pero tomada como herramienta interpretativa de carácter cientifico resulta más que dudosa su utilidad y por tanto su pertinencia.
Las ciencias sociales, especialmente la antropología y la sociología, han caido en esta trampa. La tradición antropológica nacida de la escuela de Boas, y diversas tradiciones en sociología, han dado una importancia prioritaria en sus estudios a revelar el modo de ver las cosas (de pensar y sentir las cosas) de los sujetos estudiados, como si este diera la medida de todas las cosas. Aquí es conveniente mencionar la frase de Protágoras: "el hombre es la medida de todas las cosas", comienzo filosófico para tan larga tradición subjetivista.
Los científicos sociales que adoptan esta convención vienen a decir:
"Con el fin de eludir una visión sesgada por los prejuicios y marcos interpretativos propios de nuestras sociedades, cuando valoramos otras sociedades hemos de entender lo que piensan y sienten quienes viven, trabajan, aman, hacen la guerra, etc etc...dentro de ella. Así se llega a que les dejamos hablar y actuar a ellos y tomamos notas asépticas, sin valoraciones, tipo: dice esto, hace esto".
Por supuesto que eso nos aleja conceptualmente de cualquier explicación causal, salvo que la que decida exponernos el observado. Si por ejemplo vemos a una tribu adorando una estaca de madera pintada de azul, no hemos de preguntarnos qué pudo llevarles a hacer eso, y precisamente con una estaca de madera, y precisamente pintada de color azul, sino que aceptamos que "el gran Vusú vierte riquezas y lluvias sobre los que le adoran", y que "el gran Vusú nació de una concha vacía en la playa".....
Pero en lo que a sentimientos se refiere, aceptamos que nos digan que ellos no aman, que no temen o cualquier otra chorrada del estilo.
En el manual de Sociología de Anthony Giddens (ganador del premio Príncipe de Asturias del 2002 en Ciencias Sociales), este comienza por declarar que su enfoque es relativista cultural. Esto supone declarar que su análisis no da más peso a una que a otra cultura, sino que las mira a todas y a cada una desde una distancia equivalente, sin valorar, sin juzgar.
Esta es la falaz equidistancia, que tantos aplican a sus juicios y valoraciones sociales, económicos, políticos....al final todo se reduce a un entusiasmo de una mañana de domingo en la que uno se levanta al ver entrar la radiante luz del sol por su ventana y se dice: "la gente es maravillosa, vamos a escuchar a todos y a ponernos en su lugar".
Pero se lleva el grave error desde los individuos hasta los grupos sociales. Esto simplifica aún más si cabe el planteamiento ya de por si pobre. Tal categoría humana o social (los inválidos, los extravertidos, los maniáticos de la limpieza, los amantes del heavy metal...) se considera como tal categoría y se el interroga sobre sus propios gustos o sentimientos o modos de ver las cosas y razonar sobre ellas a uno u otro de sus miembros indistintamente, como si fueran lo mismo.
De lo que no cabe ninguna duda es de que sea un error individual o colectivo poco importa en lo que se refiere a su naturaleza de error. Y si un grupo social o cultural yerra en la manera que tiene de razonar sobre las circunstancias cambiantes de la realidad y consecuentemente en la manera de afrontarlas, la equivalencia cultural se desmoronará irremisiblemente.
La falaz equidistancia consiste en equiparar lo inequiparable, en poner en plano de igualdad cosas esencialmente distintas, en pretender hacernos creer que los rezagados van en cabeza junto con los que realmente están ahí.
Pero este es solo el primer paso en un perverso proyecto de -por utilizar una fórmula Nietzschiana- "transvaloración de todos los valores".
Se empieza tratando de igualar a los que no llegan con los que van sobrados, para poder después sostener, alegremente, la tesis contraria a los principios que se decían defender y a un tiempo a la realidad misma: "los avanzados van por detrás, y la distancia aumenta por momentos". Un ejemplo de esto último lo pude ver ayer noche en el programa de Telecinco "Pecado Original". En uno de sus dudosos comentarios jocosos sobre política dijeron que a EEUU le faltaba mucho para ser una democracia.
Este modo de enfocar el trato con otras personas, de valorar sus pensamientos y sus consiguientes actos, no es cosa exclusivamente informal, propio de relaciones sociales carentes de otro objetivo que el disfrute de la conversación y la compañía. Existe una importante corriente de pensamiento que asume esta perspectiva como propia, y que trata de dar soluciones a problemas muy reales y cuya resolución es perentoria, a partir de la misma.
Dicha corriente de pensamiento es, digámoslo así, una hidra de mil cabezas, puesto que no puede asociarse de un modo biunívoco a una específica escuela de una particular rama de la ciencia, sino que penetra en todas las ramas existentes, en mayor o menor grado, que depende a su vez del mayor o menor rigor metodológico de la respectiva ciencia.
Que esta perspectiva penetre tan fácilmente en toda ciencia se debe a que es una predisposición natural de la mente humana, que condiciona la percepción misma del mundo. Del mismo modo que tenemos en nuestra mente un eje de coordenadas espacio-temporal a partir del cual interpretamos la realidad física, y que tan paradójicas e incomprensibles hace las teorías de la relatividad y cuánticas a los profanos en la materia (entre los que me incluyo) -e incluso a los que entienden de esta- tenemos también un conjunto de predisposiciones genéticamente determinadas que forman un marco interpretativo del mundo de tipo sentimental.
Si ahondamos en la cuestión, y acudimos a los datos suministrados por las ciencias del cerebro (neurociencias), podemos descubrir toda una anatomía y fisiología del sentimiento, y en particular de la empatía. Si complementamos, además, este estudio con el de la biología evolutiva podemos obtener frutos antes inimaginables. Esto es lo que han hecho los fundadores de la escuela de la psicología evolutiva. Las conclusiones teóricas que poco a poco va desgranando esta escuela de pensamiento permiten mirar nuestros pensamientos y sentimientos a la luz de las circunstancias que los hicieron nacer.
A través de su historia evolutiva, el ser aún no del todo humano ha ido teniendo necesidades que solo parcialmente lograba satisfacer. En esa escasez primordial de la naturaleza sobrevivía, lo justo para dejar descendencia, aquel antropoide que disponían de un organismo más adaptado al ambiente y/o mejor fortuna en las circunstancias precarias y cambiantes. El resultado, su descendencia, somos cada uno de nosotros.
Las adaptaciones que permitían prosperar en el trágico medio natural daban la medida de su éxito al pasar a través de sucesivas generaciones en el sentido de la flecha del tiempo.
Y el ser cuasi-humano, que ya era indudablemente un ser social, desarrolló, entre otras adaptaciones, aquellas que le resultaron más idóneas para sobrevivir y perpetuarse dentro de este nuevo círculo ambiental, el social, inscrito dentro del círculo mayor de la naturaleza.
Así surgió lo que los neurocientíficos llaman la "teoría de la mente". Esta consiste en la habilidad de la que disponemos para interpretar el pensamiento de los otros seres humanos. Nos formamos, a partir de nuestros propios pensamientos y sentimientos, tras observar el comportamiento ajeno, una imagen borrosa de lo que el otro podría estar pensando y sintiendo, una teoría de la mente. A partir de ella surge la empatía como cosa natural, puesto que ponerse en el lugar de quien no es uno mismo requiere tener una idea, aunque sea solo aproximada, de lo que este otro podría estar pensando o sintiendo.
Por tanto, cuando tratamos con otros seres humanos asumimos como punto de partida que estos tendrán un marco de referencia sentimental idéntico al nuestro.
Esto último no debe ser malinterpretado. Todos sabemos que no es lo mismo Teresa de Calcuta que Osama Ben Laden. No es preciso que nadie nos lo explique, es obvio. Pero sin necesidad de entrar a valorar aquellos aspectos en los que la sensibilidad de los dos mentados personajes difiere ineluctablemente, podemos decir que tienen en común cosas muy destacables. Por ejemplo ambos tienen una idea y un sentir común sobre la reciprocidad, la justicia, el dolor, el miedo....etc etc. Puede que uno crea que un determinado hecho es injusto y otro justo, y en cambio el otro crea en otras justicias e injusticias muy distintas. Pero ambos sienten que hay una justicia y una injusticia, y ambos desean que se realice una y desaparezca la otra. También ambos tendrán un sentimiento de pertenencia a un colectivo. Esto es algo muy humano. Este colectivo puede ser difuso o muy claro y cerrado, pero todos tenemos por igual una necesidad de identidad con algún grupo. Uno se creerá literato, y pretenderá hacerse valer entre gentes de letras. Otro forofo de un equipo de fútbol. Y casi todos nos sentimos miembros de una familia, de un clan, de una estirpe. Y aquel que por el motivo que sea se distancia de sus raices grupales siente la anomia de Durkheim, el vacío existencial de Cioran, pero pese a todo tiene un prúrito de afán grupal que se sobrepone a este desarraigo para hacer que por lo menos se sienta parte de la humanidad, o de los que la aborrecen o la temen.
Todos estos sentimientos tan típicamente humanos condicionan sin lugar a dudas nuestra percepción y posterior interpretación de nuestro universo social.
A partir de estos elementos de juicio humano, de esta dotación de serie sentimental, es fácil caer en los excesos de la empatía. Esta, como mecanismo que permite una cierta armonía en el grupo, al poner en sintonía a sus partes, es fundamental, pero tomada como herramienta interpretativa de carácter cientifico resulta más que dudosa su utilidad y por tanto su pertinencia.
Las ciencias sociales, especialmente la antropología y la sociología, han caido en esta trampa. La tradición antropológica nacida de la escuela de Boas, y diversas tradiciones en sociología, han dado una importancia prioritaria en sus estudios a revelar el modo de ver las cosas (de pensar y sentir las cosas) de los sujetos estudiados, como si este diera la medida de todas las cosas. Aquí es conveniente mencionar la frase de Protágoras: "el hombre es la medida de todas las cosas", comienzo filosófico para tan larga tradición subjetivista.
Los científicos sociales que adoptan esta convención vienen a decir:
"Con el fin de eludir una visión sesgada por los prejuicios y marcos interpretativos propios de nuestras sociedades, cuando valoramos otras sociedades hemos de entender lo que piensan y sienten quienes viven, trabajan, aman, hacen la guerra, etc etc...dentro de ella. Así se llega a que les dejamos hablar y actuar a ellos y tomamos notas asépticas, sin valoraciones, tipo: dice esto, hace esto".
Por supuesto que eso nos aleja conceptualmente de cualquier explicación causal, salvo que la que decida exponernos el observado. Si por ejemplo vemos a una tribu adorando una estaca de madera pintada de azul, no hemos de preguntarnos qué pudo llevarles a hacer eso, y precisamente con una estaca de madera, y precisamente pintada de color azul, sino que aceptamos que "el gran Vusú vierte riquezas y lluvias sobre los que le adoran", y que "el gran Vusú nació de una concha vacía en la playa".....
Pero en lo que a sentimientos se refiere, aceptamos que nos digan que ellos no aman, que no temen o cualquier otra chorrada del estilo.
En el manual de Sociología de Anthony Giddens (ganador del premio Príncipe de Asturias del 2002 en Ciencias Sociales), este comienza por declarar que su enfoque es relativista cultural. Esto supone declarar que su análisis no da más peso a una que a otra cultura, sino que las mira a todas y a cada una desde una distancia equivalente, sin valorar, sin juzgar.
Esta es la falaz equidistancia, que tantos aplican a sus juicios y valoraciones sociales, económicos, políticos....al final todo se reduce a un entusiasmo de una mañana de domingo en la que uno se levanta al ver entrar la radiante luz del sol por su ventana y se dice: "la gente es maravillosa, vamos a escuchar a todos y a ponernos en su lugar".
Pero se lleva el grave error desde los individuos hasta los grupos sociales. Esto simplifica aún más si cabe el planteamiento ya de por si pobre. Tal categoría humana o social (los inválidos, los extravertidos, los maniáticos de la limpieza, los amantes del heavy metal...) se considera como tal categoría y se el interroga sobre sus propios gustos o sentimientos o modos de ver las cosas y razonar sobre ellas a uno u otro de sus miembros indistintamente, como si fueran lo mismo.
De lo que no cabe ninguna duda es de que sea un error individual o colectivo poco importa en lo que se refiere a su naturaleza de error. Y si un grupo social o cultural yerra en la manera que tiene de razonar sobre las circunstancias cambiantes de la realidad y consecuentemente en la manera de afrontarlas, la equivalencia cultural se desmoronará irremisiblemente.
La falaz equidistancia consiste en equiparar lo inequiparable, en poner en plano de igualdad cosas esencialmente distintas, en pretender hacernos creer que los rezagados van en cabeza junto con los que realmente están ahí.
Pero este es solo el primer paso en un perverso proyecto de -por utilizar una fórmula Nietzschiana- "transvaloración de todos los valores".
Se empieza tratando de igualar a los que no llegan con los que van sobrados, para poder después sostener, alegremente, la tesis contraria a los principios que se decían defender y a un tiempo a la realidad misma: "los avanzados van por detrás, y la distancia aumenta por momentos". Un ejemplo de esto último lo pude ver ayer noche en el programa de Telecinco "Pecado Original". En uno de sus dudosos comentarios jocosos sobre política dijeron que a EEUU le faltaba mucho para ser una democracia.
lunes, junio 06, 2005
Globofobia
Es ya sobradamente famosa la metáfora de la "mano invisible del mercado" de Adam Smith. Con sencillez y brillantez hace inteligible el mecanismo impersonal e impremeditado a través del cual la suma de un conjunto de interacciones sociales egoístas puede dar lugar a unos resultados globales beneficiosos para la mayoría de los actores intervinientes, resultados que ni el más altruistas de los planteamientos hechos por una mente individual o grupo de mentes coordinadas deliberadamente, acompañado de la más firme voluntad y la más resuelta acción, habrían podido lograr.
Hacen falta unas buenas dosis de intuición para tener una idea semejante, o al menos para entenderla. Ocurre igual que con la idea de selección natural de Darwin. Y, una vez expuestas, estas visiones tan abstractas y globales han de ser contrastadas empíricamente, lo cual no es en absoluto sencillo, puesto que encierran tal cantidad de circunstancias dentro de su marco interpretativo, dado su alto nivel de abstracción y generalización, que quien lo desee puede fácilmente escamotear las conclusiones que se derivan del mismo enfocando el asunto desde otra perspectiva causal.
Dicho de una forma más sencilla, con un ejemplo:
Yo puedo hablar de la "bofetada invisible del mercado" porque en mi experiencia particular -siempre única- he visto truncadas mis expectativas de éxito precisamente por ese mecanismo impersonal e impremeditado del mercado, o así me lo parece. Nada importa aquí que la teoría de Smith sobre la mano invisible del mercado incluya, dentro de sí, una explicación plenamente satisfactoria para este caso particular, al considerar tanto los éxitos como los fracasos como resultados posibles de la interacción del mercado (y las percepciones subjetivas de ese par de estados antitéticos). Porque yo puedo argumentar que mi caso no es tan único -al menos en lo que a fracaso se refiere- y que son legión los que sufren los tormentos de la impotencia y la miseria al tratar con sus semejantes a través de los mercados. Y puedo continuar mi argumentación señalando que el mercado, en definitiva, crea más desdichados que afortunados, con lo que pongo en duda la amable conclusión del sabio escocés.
El problema, desde luego, no hace más que empezar. Si es torticero punto de vista cobra fuerza entre todos aquellos que estén en una misma situación que la mía -la misma situación, naturalmente, exclusivamente en lo referente a percibir los resultados de los propios esfuerzos y/o méritos como baldíos o insuficientes por causa del mercado- podemos, todos los afectados de este mal real o figurado, coaligarnos y ejercer poderosa presión (dependiente del número, fuerza e influencia) en las instituciones y en la sociedad.
Y dicha presión puede trastocar profundamente, bien directamente o bien a través del aparato de compulsión y coerción del Estado (que sigue dictados electorales o de otra índole menos trasparente), el orden espontáneo del mercado, de forma tal que este se desvirtúe y podamos de su mal funcionamiento inducido servir nuestros particulares intereses, de otro modo pasados por alto total o parcialmente.
Este daño infringido al mercado no deja de tener adversos efectos sobre todos los que participan en él -incluidos, aunque no lo crean- los que participan en el grupo de presión. Sin embargo el daño para los demás intervinientes en el mercado no se ve compensado con los beneficios que obtiene el grupo presionante.
Conforme medran en el cuerpo político, económico y social, como malas hierbas o destructivo cáncer, distintos grupos en defensa de diversos intereses presuntamente justos e indudablemente olvidados o rechazados por el mercado, no solo tocan a menos, sino que con los golpes que dan a este preciso mecanismo de relojería distribuidor de bienes, servicios y rentas que es el mercado, lo dañan más, llegando al final al irreversible mal de detener su marcha, y con ello el tiempo del reloj.
Esta metáfora del reloj no está de más. Como señaló hace ya muchos años Ludwig Von Mises, el estudio de la economía debería ser solamente una rama de la praxeología o estudio de la acción humana. Quien paraliza la economía, obstruyendo el correcto comportamiento del mercado, ataca de raíz al hombre, al limitar o coartar sus acciones destinadas a obtener sus distintos fines típicamente humanos. Para el reloj de la acción. El hombre se ve, a consecuencia de ello, disminuido o anulado en tantas facetas de su acción cotidiana, que pierde con ello su individualidad, y se limita a esperar instrucciones de lo alto (que a estas "alturas" sería un mecanismo regulador completamente ajeno al mercado, lo cual solo cabe asimilarlo al Estado, donde quedarían acumulados y representados todos los intereses que en un pasado adoptaron forma de grupos de presión y ahora constituyen una elite disfrutadora de privilegios).
De cómo de las cenizas del mecanismo del mercado no sale ningún Fenix luminoso tenemos más que sobrado testimonio con la experiencia política -eminentemente política diría yo (pues nada quedaba fuera de la política)- soviética. El socialismo real sigue aún hoy dando lecciones de inoperatividad, represión, privilegios, pobreza de las masas, falta de individualidad y consiguiente de iniciativas.....etc.
Sin duda se trata de un extremo grosero (pero que ha sido tremendamente real, con más de cien millones de muertos como consecuencia). Pero los casos extremos son sumamente ilustrativos de hacia dónde se va cuando se desliza uno por ciertas pendientes. El hombre es perfectamente capaz de ciertos extremos. Los hay que tienen un terror cerval a una imaginaria mercantilización de la vida, a un mundo "neoliberal", y no prestan la debida atención al verdadero monstruo, que está, lo diré con una metáfora tomada de Star Wars, "en el otro lado de la fuerza", que convierte al hombre en sí en mero autómata privado de la capacidad de elegir.
La idea de Smith, pues, puede muy bien no ser aceptada por falta de entendimiento, e incluso por mala fe, por parte de quien desea vivir mejor sin rendir cuentas al mercado (esto es, a los demás). Y, como vemos, puede ser escamoteada con extraordinaria sencillez.
El mercado realmente no tiene una naturaleza específica separable de la acción diaria de los hombres. Es, de hecho, la consecuencia natural de esa acción, es esa acción. Como tal, pues, debe considerarse un fenómeno natural, primario. El que haya con el tiempo adoptado formas cada vez más complejas y aparentemente alejadas de lo considerado más humano da origen a la paradoja de que muchos de quienes lo integran, y lo configuran cotidianamente, se consideran ajenos al mismo. Igual le pasó al hombre con la selección natural. Le parecía inaudito ser un animal más. Y negó su condición con vehemencia. Nada más inútil y más peligroso. Inútil porque negar la realidad no cambia la realidad. Peligroso porque negar la realidad de pensamiento obliga casi siempre a tratar de negarla con la acción, y lleva a desastrosas iniciativas que solo pueden fracasar.
El mercado no es otra cosa que el intercambio que los hombres, voluntariamente, hacen entre sí. Y esto es solamente el modo en que los hombres libres, bajo el imperio de la ley, dan y toman.
Ante tan evidente hecho solo queda aceptar la realidad o tratar de violentarla. Quien opta por lo segundo debe empezar por la violencia teórica, por salirse del marco interpretativo convencional, cada vez más estrecho y firme, creando una visión alternativa que convenza a unos cuantos descontentos, para después ejercer presión junto con ellos.
Generalmente lo más apropiado para llegar a muchos descontentos, cuando faltan alternativas reales que ofrecerles, consiste en mostrar una imagen deformada, exagerada, sumamente crítica y negativa de la situación presente aderezada con breves apuntes de un futuro ideal, de abundancia y felicidad, que se alcanzaría merced a la acción concertada de los descontentos. No otra cosa hizo Marx. Y tuvo un gran éxito, dado lo falso de su doctrina, gracias al uso de esta apocalíptica milenarista propia de las religiones.
Anticipando inminente catástrofes, muchos han logrado la atención y el concurso de sus contemporáneos para sus descabalados proyectos. La teoría de Marx tuvo además la particularidad del efecto Pigmalión -o de la profecía que se autocumple- pues a partir del "fantasma que recorre Europa" del comunismo (mencionado en su Manifiesto Comunista), un fantasma que era tal, pues carecía de base social (era "espíritu puro", el de Marx y su colega Engels), construyó un poderoso aparato de violencia y presión, capaz de hacer temblar en sus cimientos al siglo XX.
Hoy nadie augura el colapso del capitalismo. Todos asumen, con mejor o peor disposición, la caída del muro. Mas sin embargo sigue habiendo personas y grupos que pronostican terribles desastres, esta vez ya no sociales, sino naturales, imputables, también, al capitalismo, naturalmente.
A partir de unos datos científicos escasos, cuando no discutibles (pero más científicos que los de Marx, todo sea dicho), muchos científicos elaboran hipótesis que ciertos grupos de interés (dentro de los cuales a veces están los propios científicos) tratan de hacer pasar por teorías o verdades científicas plenamente contrastadas. A partir de ese núcleo de duda, de incertidumbre fundamental que es la ciencia cuando se trata de analizar cosas todavía desconocidas, se crea un maremagnum de opinión infundada que pretende ser sapiencia consolidada y que toma rápidamente partido, pasando a la acción.
Los modernos movimientos ecologistas tienen mucho de esto. Y desde ellos se anima a tomar medidas urgentes desde el poder, y si no hubiera un poder eficiente a tal fin a crearlo, para impedir el fin de la humanidad que presumen inminente.
Por supuesto esto nada tiene que ver con que pudiera existir un cierto riesgo de deterioro del sistema climático que, del mismo modo que el del mercado, podría colapsarse. Pero estas cuestiones deben enfocarse desde la ciencia, mucho más hondamente, y solo después, analizando pormenorizadamente los pros y contras, beneficios y costes económicos y ecológicos, adoptar una actitud informada.
Lo que no se puede es atacar la libertad en nombre de un posible peligro, cuya evitación, en cualquier caso, pasa por una solución desconocida.
También existe una poderosa corriente que, pese a no poder atacar de frente al triunfante capitalismo, debe buscar atajos enrevesados, ajenos por completo a la razón, para denigrarlo. Así se ha creado la perversa caricatura del "neoliberal": ese malo malísimo que toma inexorablemente el poder en el capitalismo, manejando cual marionetas a los políticos que votan los ciudadanos desde su poder en la sombra de corte plutocrático y despótico, y a los ciudadanos mismos a través del engaño y la intoxicación publicitarias y el racionamiento de los empleos.
El mal, en su estado puro...eso es el neoliberal.
Este inexistente personaje, este fantoche grotesco, este "hombre de paja", es el que busca liberalizar las economías con el fin evidente de acumular cada vez más poder en manos de menos, menos entre los cuales, naturalmente, él se encuentra.
La mano invisible de Adam Smith busca abarcar el orbe. Si se abren los mercados, nos dicen, llegará un apocalipsis de desempleo masivo, pauperización del trabajo, perdida de identidad de los pueblos e individuos. La bestia Neoliberal trata de hacer suyo el mundo entero, de extender el capitalismo salvaje, de articular los mecanismos para mejor explotar al prójimo.
Contra la evidencia de la reducción a nivel mundial de la pobreza absoluta -desaparecida de Occidente- nos presentan la pobreza relativa. Contra la evidencia de la reducción de precios y la mejora de las calidades con la apertura de los mercados al comercio nos hablan de la destrucción de puestos de trabajo en sectores menos competitivos. Contra la evidencia de la pobreza generada en el tercer mundo por Estados Socialistas, que afecta al 90 y pico por ciento de la población, nos presentan los bajos fondos de alguna gran urbe capitalista, o el empleo precario de un pobre hombre, o el paro estructural de algún otro. Y así indefinidamente, porque el mundo no es perfecto y siempre pueden encontrarse miserias incluso en las mejores familias....
La Globofobia es el lugar intelectual común a todos los elementos descritos en esta breve exposición (y algunos otros, por ejemplo los partidarios de la identidad cultural), en algunos casos su particular cementerio de elefantes ideológico. Se trata de un poderoso sentimiento -estúpido sería subestimarlo- pero con un elenco de "razones" viciadas por el interés más espurio o la estulticia más manipulable.
Vivimos en una época preñada de prosperidades, ella misma lozana. Pero si nos dedicamos a golpear en la tripa a la embarazada nos exponemos a que no haya porvenir....o a que salga atrofiado.
Y este si es un vaticinio fundado.
Nota: El término "Globofobia" lo he tomado de la obra del economista catalán Xavier Sala I Martín.
Hacen falta unas buenas dosis de intuición para tener una idea semejante, o al menos para entenderla. Ocurre igual que con la idea de selección natural de Darwin. Y, una vez expuestas, estas visiones tan abstractas y globales han de ser contrastadas empíricamente, lo cual no es en absoluto sencillo, puesto que encierran tal cantidad de circunstancias dentro de su marco interpretativo, dado su alto nivel de abstracción y generalización, que quien lo desee puede fácilmente escamotear las conclusiones que se derivan del mismo enfocando el asunto desde otra perspectiva causal.
Dicho de una forma más sencilla, con un ejemplo:
Yo puedo hablar de la "bofetada invisible del mercado" porque en mi experiencia particular -siempre única- he visto truncadas mis expectativas de éxito precisamente por ese mecanismo impersonal e impremeditado del mercado, o así me lo parece. Nada importa aquí que la teoría de Smith sobre la mano invisible del mercado incluya, dentro de sí, una explicación plenamente satisfactoria para este caso particular, al considerar tanto los éxitos como los fracasos como resultados posibles de la interacción del mercado (y las percepciones subjetivas de ese par de estados antitéticos). Porque yo puedo argumentar que mi caso no es tan único -al menos en lo que a fracaso se refiere- y que son legión los que sufren los tormentos de la impotencia y la miseria al tratar con sus semejantes a través de los mercados. Y puedo continuar mi argumentación señalando que el mercado, en definitiva, crea más desdichados que afortunados, con lo que pongo en duda la amable conclusión del sabio escocés.
El problema, desde luego, no hace más que empezar. Si es torticero punto de vista cobra fuerza entre todos aquellos que estén en una misma situación que la mía -la misma situación, naturalmente, exclusivamente en lo referente a percibir los resultados de los propios esfuerzos y/o méritos como baldíos o insuficientes por causa del mercado- podemos, todos los afectados de este mal real o figurado, coaligarnos y ejercer poderosa presión (dependiente del número, fuerza e influencia) en las instituciones y en la sociedad.
Y dicha presión puede trastocar profundamente, bien directamente o bien a través del aparato de compulsión y coerción del Estado (que sigue dictados electorales o de otra índole menos trasparente), el orden espontáneo del mercado, de forma tal que este se desvirtúe y podamos de su mal funcionamiento inducido servir nuestros particulares intereses, de otro modo pasados por alto total o parcialmente.
Este daño infringido al mercado no deja de tener adversos efectos sobre todos los que participan en él -incluidos, aunque no lo crean- los que participan en el grupo de presión. Sin embargo el daño para los demás intervinientes en el mercado no se ve compensado con los beneficios que obtiene el grupo presionante.
Conforme medran en el cuerpo político, económico y social, como malas hierbas o destructivo cáncer, distintos grupos en defensa de diversos intereses presuntamente justos e indudablemente olvidados o rechazados por el mercado, no solo tocan a menos, sino que con los golpes que dan a este preciso mecanismo de relojería distribuidor de bienes, servicios y rentas que es el mercado, lo dañan más, llegando al final al irreversible mal de detener su marcha, y con ello el tiempo del reloj.
Esta metáfora del reloj no está de más. Como señaló hace ya muchos años Ludwig Von Mises, el estudio de la economía debería ser solamente una rama de la praxeología o estudio de la acción humana. Quien paraliza la economía, obstruyendo el correcto comportamiento del mercado, ataca de raíz al hombre, al limitar o coartar sus acciones destinadas a obtener sus distintos fines típicamente humanos. Para el reloj de la acción. El hombre se ve, a consecuencia de ello, disminuido o anulado en tantas facetas de su acción cotidiana, que pierde con ello su individualidad, y se limita a esperar instrucciones de lo alto (que a estas "alturas" sería un mecanismo regulador completamente ajeno al mercado, lo cual solo cabe asimilarlo al Estado, donde quedarían acumulados y representados todos los intereses que en un pasado adoptaron forma de grupos de presión y ahora constituyen una elite disfrutadora de privilegios).
De cómo de las cenizas del mecanismo del mercado no sale ningún Fenix luminoso tenemos más que sobrado testimonio con la experiencia política -eminentemente política diría yo (pues nada quedaba fuera de la política)- soviética. El socialismo real sigue aún hoy dando lecciones de inoperatividad, represión, privilegios, pobreza de las masas, falta de individualidad y consiguiente de iniciativas.....etc.
Sin duda se trata de un extremo grosero (pero que ha sido tremendamente real, con más de cien millones de muertos como consecuencia). Pero los casos extremos son sumamente ilustrativos de hacia dónde se va cuando se desliza uno por ciertas pendientes. El hombre es perfectamente capaz de ciertos extremos. Los hay que tienen un terror cerval a una imaginaria mercantilización de la vida, a un mundo "neoliberal", y no prestan la debida atención al verdadero monstruo, que está, lo diré con una metáfora tomada de Star Wars, "en el otro lado de la fuerza", que convierte al hombre en sí en mero autómata privado de la capacidad de elegir.
La idea de Smith, pues, puede muy bien no ser aceptada por falta de entendimiento, e incluso por mala fe, por parte de quien desea vivir mejor sin rendir cuentas al mercado (esto es, a los demás). Y, como vemos, puede ser escamoteada con extraordinaria sencillez.
El mercado realmente no tiene una naturaleza específica separable de la acción diaria de los hombres. Es, de hecho, la consecuencia natural de esa acción, es esa acción. Como tal, pues, debe considerarse un fenómeno natural, primario. El que haya con el tiempo adoptado formas cada vez más complejas y aparentemente alejadas de lo considerado más humano da origen a la paradoja de que muchos de quienes lo integran, y lo configuran cotidianamente, se consideran ajenos al mismo. Igual le pasó al hombre con la selección natural. Le parecía inaudito ser un animal más. Y negó su condición con vehemencia. Nada más inútil y más peligroso. Inútil porque negar la realidad no cambia la realidad. Peligroso porque negar la realidad de pensamiento obliga casi siempre a tratar de negarla con la acción, y lleva a desastrosas iniciativas que solo pueden fracasar.
El mercado no es otra cosa que el intercambio que los hombres, voluntariamente, hacen entre sí. Y esto es solamente el modo en que los hombres libres, bajo el imperio de la ley, dan y toman.
Ante tan evidente hecho solo queda aceptar la realidad o tratar de violentarla. Quien opta por lo segundo debe empezar por la violencia teórica, por salirse del marco interpretativo convencional, cada vez más estrecho y firme, creando una visión alternativa que convenza a unos cuantos descontentos, para después ejercer presión junto con ellos.
Generalmente lo más apropiado para llegar a muchos descontentos, cuando faltan alternativas reales que ofrecerles, consiste en mostrar una imagen deformada, exagerada, sumamente crítica y negativa de la situación presente aderezada con breves apuntes de un futuro ideal, de abundancia y felicidad, que se alcanzaría merced a la acción concertada de los descontentos. No otra cosa hizo Marx. Y tuvo un gran éxito, dado lo falso de su doctrina, gracias al uso de esta apocalíptica milenarista propia de las religiones.
Anticipando inminente catástrofes, muchos han logrado la atención y el concurso de sus contemporáneos para sus descabalados proyectos. La teoría de Marx tuvo además la particularidad del efecto Pigmalión -o de la profecía que se autocumple- pues a partir del "fantasma que recorre Europa" del comunismo (mencionado en su Manifiesto Comunista), un fantasma que era tal, pues carecía de base social (era "espíritu puro", el de Marx y su colega Engels), construyó un poderoso aparato de violencia y presión, capaz de hacer temblar en sus cimientos al siglo XX.
Hoy nadie augura el colapso del capitalismo. Todos asumen, con mejor o peor disposición, la caída del muro. Mas sin embargo sigue habiendo personas y grupos que pronostican terribles desastres, esta vez ya no sociales, sino naturales, imputables, también, al capitalismo, naturalmente.
A partir de unos datos científicos escasos, cuando no discutibles (pero más científicos que los de Marx, todo sea dicho), muchos científicos elaboran hipótesis que ciertos grupos de interés (dentro de los cuales a veces están los propios científicos) tratan de hacer pasar por teorías o verdades científicas plenamente contrastadas. A partir de ese núcleo de duda, de incertidumbre fundamental que es la ciencia cuando se trata de analizar cosas todavía desconocidas, se crea un maremagnum de opinión infundada que pretende ser sapiencia consolidada y que toma rápidamente partido, pasando a la acción.
Los modernos movimientos ecologistas tienen mucho de esto. Y desde ellos se anima a tomar medidas urgentes desde el poder, y si no hubiera un poder eficiente a tal fin a crearlo, para impedir el fin de la humanidad que presumen inminente.
Por supuesto esto nada tiene que ver con que pudiera existir un cierto riesgo de deterioro del sistema climático que, del mismo modo que el del mercado, podría colapsarse. Pero estas cuestiones deben enfocarse desde la ciencia, mucho más hondamente, y solo después, analizando pormenorizadamente los pros y contras, beneficios y costes económicos y ecológicos, adoptar una actitud informada.
Lo que no se puede es atacar la libertad en nombre de un posible peligro, cuya evitación, en cualquier caso, pasa por una solución desconocida.
También existe una poderosa corriente que, pese a no poder atacar de frente al triunfante capitalismo, debe buscar atajos enrevesados, ajenos por completo a la razón, para denigrarlo. Así se ha creado la perversa caricatura del "neoliberal": ese malo malísimo que toma inexorablemente el poder en el capitalismo, manejando cual marionetas a los políticos que votan los ciudadanos desde su poder en la sombra de corte plutocrático y despótico, y a los ciudadanos mismos a través del engaño y la intoxicación publicitarias y el racionamiento de los empleos.
El mal, en su estado puro...eso es el neoliberal.
Este inexistente personaje, este fantoche grotesco, este "hombre de paja", es el que busca liberalizar las economías con el fin evidente de acumular cada vez más poder en manos de menos, menos entre los cuales, naturalmente, él se encuentra.
La mano invisible de Adam Smith busca abarcar el orbe. Si se abren los mercados, nos dicen, llegará un apocalipsis de desempleo masivo, pauperización del trabajo, perdida de identidad de los pueblos e individuos. La bestia Neoliberal trata de hacer suyo el mundo entero, de extender el capitalismo salvaje, de articular los mecanismos para mejor explotar al prójimo.
Contra la evidencia de la reducción a nivel mundial de la pobreza absoluta -desaparecida de Occidente- nos presentan la pobreza relativa. Contra la evidencia de la reducción de precios y la mejora de las calidades con la apertura de los mercados al comercio nos hablan de la destrucción de puestos de trabajo en sectores menos competitivos. Contra la evidencia de la pobreza generada en el tercer mundo por Estados Socialistas, que afecta al 90 y pico por ciento de la población, nos presentan los bajos fondos de alguna gran urbe capitalista, o el empleo precario de un pobre hombre, o el paro estructural de algún otro. Y así indefinidamente, porque el mundo no es perfecto y siempre pueden encontrarse miserias incluso en las mejores familias....
La Globofobia es el lugar intelectual común a todos los elementos descritos en esta breve exposición (y algunos otros, por ejemplo los partidarios de la identidad cultural), en algunos casos su particular cementerio de elefantes ideológico. Se trata de un poderoso sentimiento -estúpido sería subestimarlo- pero con un elenco de "razones" viciadas por el interés más espurio o la estulticia más manipulable.
Vivimos en una época preñada de prosperidades, ella misma lozana. Pero si nos dedicamos a golpear en la tripa a la embarazada nos exponemos a que no haya porvenir....o a que salga atrofiado.
Y este si es un vaticinio fundado.
Nota: El término "Globofobia" lo he tomado de la obra del economista catalán Xavier Sala I Martín.
viernes, junio 03, 2005
Los Fundamentalismos y la Modernidad
“Tenemos a nuestra disposición muchos instrumentos-en el más amplio sentido de la palabra- perfeccionados por los humanos, que nos facilitan la utilización del medio que nos rodea.
Tales instrumentos son el resultado de experiencias de sucesivas generaciones que nos han precedido, y una vez que cualquiera de ellos está a nuestro alcance, se usa sin conocer por qué es mejor o incluso que sustitutivo tiene.
El acervo de instrumentos ideados por el hombre y que constituye parte importante de su adaptación al mundo que le rodea comprende mucho más que herramientas materiales. En gran medida está integrado por formas de conducta que habitualmente seguimos sin saber por qué, las denominadas tradiciones e instituciones que utilizamos porque están a nuestro alcance como producto de un crecimiento acumulativo y sin que jamás hayan sido ideadas por una sola inteligencia.
Generalmente, el hombre no sólo ignora por qué usa los instrumentos a su disposición de una forma o de otra, sino también hasta que grado depende de que sus acciones tomen una determinada forma en vez de otra distinta. De ordinario desconoce hasta qué punto el éxito de sus esfuerzos viene determinado por su conformidad con hábitos de los que ni siquiera es sabedor. Esto último, probablemente, es tan verdad en el caso del hombre civilizado como en el del hombre primitivo. Concurriendo con el crecimiento del conocimiento consciente, tiene lugar siempre una acumulación de instrumentos igualmente importante, en el amplio sentido ya señalado de formas ensayadas y generalmente adoptadas de hacer las cosas”.
En estas palabras de Friedrich Hayek tenemos una brillante descripción de la situación del hombre moderno en la sociedad, o, dado que el hombre es un animal social, en el mundo.
El ser humano ha pasado por varias etapas antes de llegar al actual estado de cosas. De la comunión primigenia con la naturaleza a nuestros tiempos hemos ido modificando, con nuestras herramientas físicas e intelectuales (o lingüisticas), nuestro entorno, hasta convertirlo en algo casi enteramente humano.
Si miramos a nuestro alrededor, difícilmente vemos algo que sea enteramente natural, que no haya sido modificado de una u otra manera por la mano del hombre. El ser urbano, el hombre de nuestros tiempos, está completamente rodeado de artificio y complejidad. La complejidad ya existía, en lo biológico, pero difería sustancialmente de la complejidad humana, de la complejidad creada por el hombre. Esta última es sustentada por una voluntad consciente, o, mejor dicho, parcialmente consciente, mientras que la primera, la biológica, la evolutiva, ha sido configurada en miles de millones de años por el azar y la necesidad, fuerzas una ciega y la otra inconsciente.
La Torre de Babel de la humanidad ha ido creciendo, al principio conforme a la norma impuesta por los imperativos biológicos, después, con la ayuda de novedosas facultades, con un grado de libertad hasta entonces imposible para cualquier ser vivo, que ha permitido crear ese compendio de saberes y haceres llamado cultura.
Sin embargo, esa magna creación, ese monstruo sublime de la cultura, es demasiado grande para la mente individual de cualquiera de los seres que lo crean, que lo integran. El hombre ha creado algo que le supera, un Leviathan inmenso al que se ve sometido desde el mismo momento en que lo creó.
La civilización, producto elevado de la cultura, precisó desde un principio de la política y de la ley para autoregularse. A mayor libertad, a mayor número de posibilidades, más necesario se hacía el limitar las mismas a lo razonable y conveniente. Lo que es razonable y conveniente se ha discutido mucho a lo largo de la historia, y se sigue discutiendo, y es por ello, entre otras cosas de índole más natural, que no terminamos de encontrar el equilibrio.
Pero la acumulación de conocimientos y procedimientos seguía su curso imparable, al margen de lo conveniente y razonable, y creaba con ello una complejidad creciente que era cada vez más difícil de controlar, al menos desde el individuo.
El hombre de las antiguas civilizaciones sabía, o podía saber si indagaba un poco, los fundamentos tecnológicos que subyacían a su vida civilizada, o, dicho de otra forma, cómo funcionaba un carro. La perplejidad del hombre moderno ante el gripado del motor de su coche no tiene paralelo en el pasado.
Sin embargo hoy, el hombre como conjunto, la sociedad humana, puede dar respuesta a innumerables interrogantes y solucionar innumerables problemas, que antes no podían ser respondidos o resueltos.. Y así tenemos a nuestro hombre moderno acudiendo al Taller del Mecánico.
El hombre ignora casi todo como individuo. Sabe mucho como humanidad. La ciencia y las leyes le han elevado por encima del mundo, y ahora flota en un limbo de irrealidad, que se ha convertido en su cotidiano quehacer y discurrir.
Ya no somos uno con la naturaleza, ni somos uno con nuestro trabajo. Ya ni tan siquiera somos uno con nuestro núcleo familiar.
En épocas en las que todavía se podía hablar de sencillez y simplicidad, nacieron las religiones, como un intento de dar una explicación completa de la realidad. La humanidad era más ignorante, y creó las religiones. Inicialmente lo hizo de un modo panteísta, a partir de los fenómenos de la naturaleza, poderosos e inexplicables. Esto era en la etapa en la que tenía un contacto más estrecho con su medio natural. Después, tras nacer la civilización, se humanizaron los dioses, y adquirieron facultades y defectos propios de sus creadores.
La mitología clásica, con todos sus dioses cargados de vicios o el cruel y celoso Yahve judío son ejemplos de ello. Dioses guerreros y lascivos, como era el hombre, ocupaban los panteones y los templos.
En última instancia surgió la figura del Dios único, no asociado a un único pueblo, que aglutinaba todas las virtudes y carecía de los defectos que caracterizan al hombre. La ley se hizo Dios. Y esto ocurrió entre los judíos, únicos de entre los cuales podía surgir un unificador sublime de moral y divinidad, un Joshua, un Jesucristo, y después un panegirísta improvisador como Saulo de Tarso.
A partir de este cambio Dios pasa a ser un Dios moral, un Dios civilizado. Y pasa de ser caos a ser orden.
El hombre tributa honores al hombre, a lo más elevado del hombre como ser civilizado, producto de su producto: la civilización, y lo hace proyectándose en un Dios.
El Islamismo es un derivado del cristianismo, una adaptación a otra cultura bien distinta, una cultura que había nacido y se había desarrollado en un entorno desértico especialmente hostil para la vida y la civilización.
Las Religiones monoteístas dogmáticas –Judía, Cristiana y Musulmana- se pueden dividir en dos partes. La más antigua y más circusncrita a un pueblo y a una ortodoxia y ortopraxis propias, la judía, no ha tenido afán expansionista, y no tiene en sus fundamentos la universalidad. Las más recientes pretenden imperar en todo el orbe y han practicado siempre una política expansionista, o bien a través de la persuasión, o bien por la fuerza –que en su mente está justificada como medio para hacer valer sus elevados fines.
Durante muchos siglos, el Cristianismo y el Islam han crecido y han ocupado cada vez mayores territorios y han unido bajo su férula espiritual más almas. Sin embargo, con la apertura del mundo a partir de los grandes descubrimientos geográficos, que obligaban a relativizar la propia cultura al considerarla una más, y de los grandes descubrimientos científicos, que obligaban a relativizar nuestra posición fisica en el universo y espiritual en el Reino Animal, ha hecho que el hombre contemple el universo desde una perspectiva más amplia, y con ello más abierta, y, con ello, de mayor libertad e incertidumbre.
Por otra parte, las aplicaciones prácticas de la ciencia, la técnica, llevó a la revolución industrial, y la Ilustración a la Revolución Francesa y los movimientos liberales del siglo XIX.
En este contexto global era natural que las simplistas explicaciones del mundo propuestas por las religiones absolutistas fueran puestas en entredicho, así como que la sociedad, cada vez más compuesta por una clase media, una burguesía mercantil ilustrada, se rebelase contra los privilegios del clero, y su influencia negligente.
Sobre todo fue el cristianismo el que recibió un terrible golpe, dado que este movimiento religioso era el que imperaba en el llamado “Occidente”, cuerpo complejo derivado de la civilizadísima Roma en el que se produjeron los más importantes cambios históricos y sociales. El Islam permaneció relativamente aislado. Y digo relativamente porque las colonizaciones europeas hicieron también algo por la ilustración de sus colonias, pero nunca suficiente, y, además, no llegaron a todas partes.
Sea como fuere, las religiones dejaron de expandirse, e iniciaron un lento proceso de decadencia que, a los ojos de cualquier observador imparcial con un mínimo de perspectiva, parecía abocar indefectiblemente a un fin silencioso y no violento.
La Iglesia se rebeló inútilmente. Leamos al Doctor Klaus Kienzler hablando de ello en su obra: “Fundamentalismo Religioso”:
“La primera crisis de la modernidad se produce a mediados del siglo XIX, como resultado del choque entre las nuevas formas de vida y las posturas religiosas tradicionales. Por entonces, Pío IX promulgó e impuso el denominado Syllabus. El Syllabus incluía una larga lista de errores fruto de los tiempos modernos (se denunciaban cerca de ochenta), entre los que se encontraban filosofías e ideologías (y entre estas, sobre todo, el liberalismo y el comunismo), el nuevo ordenamiento social y estatal (de las democracias modernas no se salvaba nada), o los derechos individuales y humanos considerados poco convenientes (por ejemplo, no se concedía gran crédito a la libertad individual o a otras libertades de la persona)”.
La Iglesia Cristiana, la que más cerca tenía la revolución intelectual, económica y política de los tiempos modernos, se negaba a aceptar esos tiempos, y todo lo que conllevaban
Y es que las Religiones miran hacia una Edad de Oro o bien hacia una utopía. Las Religiones no son posibilistas, sino idealistas, y proyectan en el tiempo sus anhelos. En primer término se proyectan en el más acá, a través de las profecías mesiánicas de los judíos y primeros cristianos sobre el Reino de Dios en la tierra, y las obsesiones por fundar un Reino Teocrático mundial en el Islam. Después en el más allá, a través de los paraísos cristiano y musulmán. Más siempre se proyectan hacia el pasado, hacia la Edad de Oro del Paraíso Terrenal, del que Adán y Eva fueron expulsados, o la sociedad teocrática perfecta fundada por Mahoma.
Ahora, más que nunca, ahora que el presente nos aboca a la libertad y la incertidumbre, las Religiones son un refugio para los desvalidos humanos, ávidos de certidumbres. Para todos aquellos humanos que no son capaces de aceptar un mundo que flota en el espacio vacío, en el que el hombre es un animal más, en el que no se pueden conocer los fundamentos, y en el que nadie está por encima de nadie si no se debe a un superior “mérito” social, que acarrea esfuerzos y precariedad.
Pero la religión tiene, en este entorno hostil a las fabulaciones, que cerrar todos los sentidos al aluvión de objeciones que ponen en entredicho sus estrechos planteamientos. Es por ello que las Religiones buscan endurecerse en sus principios, en sus fundamentos, y no prestar oídos a argumentos más o menos libres, que divagen en lugar de afirmar. Es por ello que los evangélicos Norteamericanos dieron origen en el XIX a un movimiento que tomó el nombre de ellos, pero que hubiera nacido y existido bajo cualquier otro dogma religioso en el mundo. Hablamos, cómo no, del Fundamentalismo.
Los hombres de fe se aferran como a un clavo ardiendo a los fundamentos de su religión, estén estos en la Biblia o en el Corán, en la práctica religiosa o el magisterio.
De esta manera el que presume saber lo que ignora se encierra a si mismo en la ignorancia de su saber, que no es otra cosa que afirmación categórica de unos fundamentos sin fundamento.
Si realmente existiese un Dios, se avergonzaría de la manera tan bárbara y excluyente que tienen los humanos de honrarle. Sin embargo comprendería con su omnicomprensiva sabiduría, que más que pensar en él, lo que hacen es rebelarse contra la modernidad, rebelarse contra la libertad, rebelarse contra la incertidumbre, y que él, en todo este asunto, es algo puramente accesorio.
La nueva lucha contra la modernidad hace uso de todos los instrumentos que la modernidad pone a su alcance, y lo hace con barbarie ancestral.
Demasiadas personas prefieren la certidumbre a la verdad, y el significado ignorante de la religión a la ignorancia insignificante del hombre moderno.
El Islam tiene en su seno los mayores peligros para la convivencia en el mundo. Pero no debemos pasar por alto la importancia de muchos evangélicos estadounidenses -auténticos fundamentalistas- en la guerra de ideas que hoy se libra (y que en tantas ocasiones lleva a guerras de índole más cruenta). Por ejemplo, su defensa del creacionismo frente a la teoría de la evolución darwiniana ¡¡¡clama al cielo!!!.....o a algunos ortodoxos judíos que pasarían por encima de quien fuera para recuperar el ya legendario Reino de Israel y hacer cumplir la profecía sobre los 1000 años del mismo.
Puede que la diferencia entre unos y otros fundamentalismos no sea solamente, como algunos creen, de tipo de religión (aunque esta diferencia sea palpable), sino que puede deberse también a la diferencia que cabe esperar entre aquel que está rodeado por -e inmerso en- la modernidad y aquel que no, entre aquel que ha asumido e interiorizado algunas de las instituciones de la modernidad y aquel que apenas lo ha hecho con una pocas, y muy superficialmente, entre occidente y oriente, ....en fin, a otros factores coadyuvantes sobre los que también cabría reflexionar.
Tales instrumentos son el resultado de experiencias de sucesivas generaciones que nos han precedido, y una vez que cualquiera de ellos está a nuestro alcance, se usa sin conocer por qué es mejor o incluso que sustitutivo tiene.
El acervo de instrumentos ideados por el hombre y que constituye parte importante de su adaptación al mundo que le rodea comprende mucho más que herramientas materiales. En gran medida está integrado por formas de conducta que habitualmente seguimos sin saber por qué, las denominadas tradiciones e instituciones que utilizamos porque están a nuestro alcance como producto de un crecimiento acumulativo y sin que jamás hayan sido ideadas por una sola inteligencia.
Generalmente, el hombre no sólo ignora por qué usa los instrumentos a su disposición de una forma o de otra, sino también hasta que grado depende de que sus acciones tomen una determinada forma en vez de otra distinta. De ordinario desconoce hasta qué punto el éxito de sus esfuerzos viene determinado por su conformidad con hábitos de los que ni siquiera es sabedor. Esto último, probablemente, es tan verdad en el caso del hombre civilizado como en el del hombre primitivo. Concurriendo con el crecimiento del conocimiento consciente, tiene lugar siempre una acumulación de instrumentos igualmente importante, en el amplio sentido ya señalado de formas ensayadas y generalmente adoptadas de hacer las cosas”.
En estas palabras de Friedrich Hayek tenemos una brillante descripción de la situación del hombre moderno en la sociedad, o, dado que el hombre es un animal social, en el mundo.
El ser humano ha pasado por varias etapas antes de llegar al actual estado de cosas. De la comunión primigenia con la naturaleza a nuestros tiempos hemos ido modificando, con nuestras herramientas físicas e intelectuales (o lingüisticas), nuestro entorno, hasta convertirlo en algo casi enteramente humano.
Si miramos a nuestro alrededor, difícilmente vemos algo que sea enteramente natural, que no haya sido modificado de una u otra manera por la mano del hombre. El ser urbano, el hombre de nuestros tiempos, está completamente rodeado de artificio y complejidad. La complejidad ya existía, en lo biológico, pero difería sustancialmente de la complejidad humana, de la complejidad creada por el hombre. Esta última es sustentada por una voluntad consciente, o, mejor dicho, parcialmente consciente, mientras que la primera, la biológica, la evolutiva, ha sido configurada en miles de millones de años por el azar y la necesidad, fuerzas una ciega y la otra inconsciente.
La Torre de Babel de la humanidad ha ido creciendo, al principio conforme a la norma impuesta por los imperativos biológicos, después, con la ayuda de novedosas facultades, con un grado de libertad hasta entonces imposible para cualquier ser vivo, que ha permitido crear ese compendio de saberes y haceres llamado cultura.
Sin embargo, esa magna creación, ese monstruo sublime de la cultura, es demasiado grande para la mente individual de cualquiera de los seres que lo crean, que lo integran. El hombre ha creado algo que le supera, un Leviathan inmenso al que se ve sometido desde el mismo momento en que lo creó.
La civilización, producto elevado de la cultura, precisó desde un principio de la política y de la ley para autoregularse. A mayor libertad, a mayor número de posibilidades, más necesario se hacía el limitar las mismas a lo razonable y conveniente. Lo que es razonable y conveniente se ha discutido mucho a lo largo de la historia, y se sigue discutiendo, y es por ello, entre otras cosas de índole más natural, que no terminamos de encontrar el equilibrio.
Pero la acumulación de conocimientos y procedimientos seguía su curso imparable, al margen de lo conveniente y razonable, y creaba con ello una complejidad creciente que era cada vez más difícil de controlar, al menos desde el individuo.
El hombre de las antiguas civilizaciones sabía, o podía saber si indagaba un poco, los fundamentos tecnológicos que subyacían a su vida civilizada, o, dicho de otra forma, cómo funcionaba un carro. La perplejidad del hombre moderno ante el gripado del motor de su coche no tiene paralelo en el pasado.
Sin embargo hoy, el hombre como conjunto, la sociedad humana, puede dar respuesta a innumerables interrogantes y solucionar innumerables problemas, que antes no podían ser respondidos o resueltos.. Y así tenemos a nuestro hombre moderno acudiendo al Taller del Mecánico.
El hombre ignora casi todo como individuo. Sabe mucho como humanidad. La ciencia y las leyes le han elevado por encima del mundo, y ahora flota en un limbo de irrealidad, que se ha convertido en su cotidiano quehacer y discurrir.
Ya no somos uno con la naturaleza, ni somos uno con nuestro trabajo. Ya ni tan siquiera somos uno con nuestro núcleo familiar.
En épocas en las que todavía se podía hablar de sencillez y simplicidad, nacieron las religiones, como un intento de dar una explicación completa de la realidad. La humanidad era más ignorante, y creó las religiones. Inicialmente lo hizo de un modo panteísta, a partir de los fenómenos de la naturaleza, poderosos e inexplicables. Esto era en la etapa en la que tenía un contacto más estrecho con su medio natural. Después, tras nacer la civilización, se humanizaron los dioses, y adquirieron facultades y defectos propios de sus creadores.
La mitología clásica, con todos sus dioses cargados de vicios o el cruel y celoso Yahve judío son ejemplos de ello. Dioses guerreros y lascivos, como era el hombre, ocupaban los panteones y los templos.
En última instancia surgió la figura del Dios único, no asociado a un único pueblo, que aglutinaba todas las virtudes y carecía de los defectos que caracterizan al hombre. La ley se hizo Dios. Y esto ocurrió entre los judíos, únicos de entre los cuales podía surgir un unificador sublime de moral y divinidad, un Joshua, un Jesucristo, y después un panegirísta improvisador como Saulo de Tarso.
A partir de este cambio Dios pasa a ser un Dios moral, un Dios civilizado. Y pasa de ser caos a ser orden.
El hombre tributa honores al hombre, a lo más elevado del hombre como ser civilizado, producto de su producto: la civilización, y lo hace proyectándose en un Dios.
El Islamismo es un derivado del cristianismo, una adaptación a otra cultura bien distinta, una cultura que había nacido y se había desarrollado en un entorno desértico especialmente hostil para la vida y la civilización.
Las Religiones monoteístas dogmáticas –Judía, Cristiana y Musulmana- se pueden dividir en dos partes. La más antigua y más circusncrita a un pueblo y a una ortodoxia y ortopraxis propias, la judía, no ha tenido afán expansionista, y no tiene en sus fundamentos la universalidad. Las más recientes pretenden imperar en todo el orbe y han practicado siempre una política expansionista, o bien a través de la persuasión, o bien por la fuerza –que en su mente está justificada como medio para hacer valer sus elevados fines.
Durante muchos siglos, el Cristianismo y el Islam han crecido y han ocupado cada vez mayores territorios y han unido bajo su férula espiritual más almas. Sin embargo, con la apertura del mundo a partir de los grandes descubrimientos geográficos, que obligaban a relativizar la propia cultura al considerarla una más, y de los grandes descubrimientos científicos, que obligaban a relativizar nuestra posición fisica en el universo y espiritual en el Reino Animal, ha hecho que el hombre contemple el universo desde una perspectiva más amplia, y con ello más abierta, y, con ello, de mayor libertad e incertidumbre.
Por otra parte, las aplicaciones prácticas de la ciencia, la técnica, llevó a la revolución industrial, y la Ilustración a la Revolución Francesa y los movimientos liberales del siglo XIX.
En este contexto global era natural que las simplistas explicaciones del mundo propuestas por las religiones absolutistas fueran puestas en entredicho, así como que la sociedad, cada vez más compuesta por una clase media, una burguesía mercantil ilustrada, se rebelase contra los privilegios del clero, y su influencia negligente.
Sobre todo fue el cristianismo el que recibió un terrible golpe, dado que este movimiento religioso era el que imperaba en el llamado “Occidente”, cuerpo complejo derivado de la civilizadísima Roma en el que se produjeron los más importantes cambios históricos y sociales. El Islam permaneció relativamente aislado. Y digo relativamente porque las colonizaciones europeas hicieron también algo por la ilustración de sus colonias, pero nunca suficiente, y, además, no llegaron a todas partes.
Sea como fuere, las religiones dejaron de expandirse, e iniciaron un lento proceso de decadencia que, a los ojos de cualquier observador imparcial con un mínimo de perspectiva, parecía abocar indefectiblemente a un fin silencioso y no violento.
La Iglesia se rebeló inútilmente. Leamos al Doctor Klaus Kienzler hablando de ello en su obra: “Fundamentalismo Religioso”:
“La primera crisis de la modernidad se produce a mediados del siglo XIX, como resultado del choque entre las nuevas formas de vida y las posturas religiosas tradicionales. Por entonces, Pío IX promulgó e impuso el denominado Syllabus. El Syllabus incluía una larga lista de errores fruto de los tiempos modernos (se denunciaban cerca de ochenta), entre los que se encontraban filosofías e ideologías (y entre estas, sobre todo, el liberalismo y el comunismo), el nuevo ordenamiento social y estatal (de las democracias modernas no se salvaba nada), o los derechos individuales y humanos considerados poco convenientes (por ejemplo, no se concedía gran crédito a la libertad individual o a otras libertades de la persona)”.
La Iglesia Cristiana, la que más cerca tenía la revolución intelectual, económica y política de los tiempos modernos, se negaba a aceptar esos tiempos, y todo lo que conllevaban
Y es que las Religiones miran hacia una Edad de Oro o bien hacia una utopía. Las Religiones no son posibilistas, sino idealistas, y proyectan en el tiempo sus anhelos. En primer término se proyectan en el más acá, a través de las profecías mesiánicas de los judíos y primeros cristianos sobre el Reino de Dios en la tierra, y las obsesiones por fundar un Reino Teocrático mundial en el Islam. Después en el más allá, a través de los paraísos cristiano y musulmán. Más siempre se proyectan hacia el pasado, hacia la Edad de Oro del Paraíso Terrenal, del que Adán y Eva fueron expulsados, o la sociedad teocrática perfecta fundada por Mahoma.
Ahora, más que nunca, ahora que el presente nos aboca a la libertad y la incertidumbre, las Religiones son un refugio para los desvalidos humanos, ávidos de certidumbres. Para todos aquellos humanos que no son capaces de aceptar un mundo que flota en el espacio vacío, en el que el hombre es un animal más, en el que no se pueden conocer los fundamentos, y en el que nadie está por encima de nadie si no se debe a un superior “mérito” social, que acarrea esfuerzos y precariedad.
Pero la religión tiene, en este entorno hostil a las fabulaciones, que cerrar todos los sentidos al aluvión de objeciones que ponen en entredicho sus estrechos planteamientos. Es por ello que las Religiones buscan endurecerse en sus principios, en sus fundamentos, y no prestar oídos a argumentos más o menos libres, que divagen en lugar de afirmar. Es por ello que los evangélicos Norteamericanos dieron origen en el XIX a un movimiento que tomó el nombre de ellos, pero que hubiera nacido y existido bajo cualquier otro dogma religioso en el mundo. Hablamos, cómo no, del Fundamentalismo.
Los hombres de fe se aferran como a un clavo ardiendo a los fundamentos de su religión, estén estos en la Biblia o en el Corán, en la práctica religiosa o el magisterio.
De esta manera el que presume saber lo que ignora se encierra a si mismo en la ignorancia de su saber, que no es otra cosa que afirmación categórica de unos fundamentos sin fundamento.
Si realmente existiese un Dios, se avergonzaría de la manera tan bárbara y excluyente que tienen los humanos de honrarle. Sin embargo comprendería con su omnicomprensiva sabiduría, que más que pensar en él, lo que hacen es rebelarse contra la modernidad, rebelarse contra la libertad, rebelarse contra la incertidumbre, y que él, en todo este asunto, es algo puramente accesorio.
La nueva lucha contra la modernidad hace uso de todos los instrumentos que la modernidad pone a su alcance, y lo hace con barbarie ancestral.
Demasiadas personas prefieren la certidumbre a la verdad, y el significado ignorante de la religión a la ignorancia insignificante del hombre moderno.
El Islam tiene en su seno los mayores peligros para la convivencia en el mundo. Pero no debemos pasar por alto la importancia de muchos evangélicos estadounidenses -auténticos fundamentalistas- en la guerra de ideas que hoy se libra (y que en tantas ocasiones lleva a guerras de índole más cruenta). Por ejemplo, su defensa del creacionismo frente a la teoría de la evolución darwiniana ¡¡¡clama al cielo!!!.....o a algunos ortodoxos judíos que pasarían por encima de quien fuera para recuperar el ya legendario Reino de Israel y hacer cumplir la profecía sobre los 1000 años del mismo.
Puede que la diferencia entre unos y otros fundamentalismos no sea solamente, como algunos creen, de tipo de religión (aunque esta diferencia sea palpable), sino que puede deberse también a la diferencia que cabe esperar entre aquel que está rodeado por -e inmerso en- la modernidad y aquel que no, entre aquel que ha asumido e interiorizado algunas de las instituciones de la modernidad y aquel que apenas lo ha hecho con una pocas, y muy superficialmente, entre occidente y oriente, ....en fin, a otros factores coadyuvantes sobre los que también cabría reflexionar.
jueves, junio 02, 2005
Oscurecimiento Global
Hay que estar a la última, dicen por ahí algunos frivolos. Pues bien, la última es el "oscurecimiento global", del que tuve oportunidad de empezar a ver un reportaje en la 2 de Televisión Española el Domingo por la noche (en el programa Documentos TV). Viene a decir que la cantidad de luz solar que llega a la superficie de la tierra ha disminuido enormemente desde hace medio siglo. Esto tendría, entre otros efectos, uno contrario al calentamiento global, que compensaría este. Este oscurecimiento se debería, según esta hipótesis, nuevamente, a las emisiones de diversas sustancias químicas a la atmósfera por parte de la humanidad. Al margen de la fiabilidad de las distintas mediciones que llevan a sustentar esta hipótesis, que no pongo en duda a priori, hubo dos cosas en el reportaje que fueron suficientes para que dejara de verlo, porque eran inadmisibles:
1) Decían que una terrible sequía que se produjo en África en los años 70 y 80 era debida a este "oscurecimiento global". Pusieron al respecto estremecedoras imágenes de gente hambrienta y muerta. Por supuesto no aludieron a la verdadera causa de aquella hambruna, que no era otra que los Gobiernos Socialistas que colectivizaron la agricultura, sumado naturalmente al proteccionismo agrario de Occidente. La sequía se produjo en una región del globo en la que el clima es ya de por sí adverso y tendente a esta clase de manifestaciones climáticas secas y calurosas. No fue la primera ni desde luego la última.
2) Decían también que el oscurecimiento global había remitido levemente en Europa y había tenido por consecuencia el aumento del calentamiento global al aplicar severamente la UE políticas para la reducción de emisiones, especialmente en los coches, al introducir en ellos catalizadores. Este aumento del calentamiento había supuesto, por ejemplo, la terrible ola de calor que sucedió en el verano del 2003 (pusieron tremebundas imágenes de pobre viejos moribundos en los hospitales franceses). No entendí pues porqué el invierno del 2004/05 había sido, al menos aquí en España, tan frío y persistente, ni, por supuesto, que la ola de calor que nos bañó no se hubiese repetido en el 2004. En definitiva era una relación de causalidad muy pobre desde la lógica más elemental. Ahí tuve que apagar la tele.
Lo que yo creo es que el hombre está afectando al clima, pero no sabe cómo (puede que hasta para bien, quien sabe). Y creo que todas las soluciones a este problema que aún ni siquiera está correctamente definido deben pasar por la criba de un riguroso análisis de las consecuencias económicas -estas más tangibles- que pudieran tener. Si lo que vamos a hacer es frenar el desarrollo económico en aras de una incierta catástrofe, lo que estaremos haciendo es crear una catástrofe muy cierta en aras de una muy incierta solución a un problema muy etéreo. Y lo que muchos no terminan de entender es que la libertad humana, en sus múltiples manifestaciones, es mucho más capaz de crear soluciones eficientes y saludables a los problemas globales que el frío, hierático y torpe racionalismo tutelador que se apoya en la ignorancia de los hechos diarios y concretos y en la reglamentación más asfixiante, limitadora de la creatividad y la iniciativa de la gente.
No es un dato irrelevante que las mayores catástrofes ecológicas se han producido en economías dirigidas. Y cuanto más desarrolladas están las sociedades económicamente menos natalidad tienen (la explosión demográfica se frena) y mejor cuidan el medio ambiente. Por lo que una política sabia a largo plazo es preservar la libertad económica y reducir regulaciones excesivas.
O eso me parece a mi, a la luz de mi lógica particular.
Sea como sea lo que parece claro es que la ciencia está, lamentablemente, politizada.
1) Decían que una terrible sequía que se produjo en África en los años 70 y 80 era debida a este "oscurecimiento global". Pusieron al respecto estremecedoras imágenes de gente hambrienta y muerta. Por supuesto no aludieron a la verdadera causa de aquella hambruna, que no era otra que los Gobiernos Socialistas que colectivizaron la agricultura, sumado naturalmente al proteccionismo agrario de Occidente. La sequía se produjo en una región del globo en la que el clima es ya de por sí adverso y tendente a esta clase de manifestaciones climáticas secas y calurosas. No fue la primera ni desde luego la última.
2) Decían también que el oscurecimiento global había remitido levemente en Europa y había tenido por consecuencia el aumento del calentamiento global al aplicar severamente la UE políticas para la reducción de emisiones, especialmente en los coches, al introducir en ellos catalizadores. Este aumento del calentamiento había supuesto, por ejemplo, la terrible ola de calor que sucedió en el verano del 2003 (pusieron tremebundas imágenes de pobre viejos moribundos en los hospitales franceses). No entendí pues porqué el invierno del 2004/05 había sido, al menos aquí en España, tan frío y persistente, ni, por supuesto, que la ola de calor que nos bañó no se hubiese repetido en el 2004. En definitiva era una relación de causalidad muy pobre desde la lógica más elemental. Ahí tuve que apagar la tele.
Lo que yo creo es que el hombre está afectando al clima, pero no sabe cómo (puede que hasta para bien, quien sabe). Y creo que todas las soluciones a este problema que aún ni siquiera está correctamente definido deben pasar por la criba de un riguroso análisis de las consecuencias económicas -estas más tangibles- que pudieran tener. Si lo que vamos a hacer es frenar el desarrollo económico en aras de una incierta catástrofe, lo que estaremos haciendo es crear una catástrofe muy cierta en aras de una muy incierta solución a un problema muy etéreo. Y lo que muchos no terminan de entender es que la libertad humana, en sus múltiples manifestaciones, es mucho más capaz de crear soluciones eficientes y saludables a los problemas globales que el frío, hierático y torpe racionalismo tutelador que se apoya en la ignorancia de los hechos diarios y concretos y en la reglamentación más asfixiante, limitadora de la creatividad y la iniciativa de la gente.
No es un dato irrelevante que las mayores catástrofes ecológicas se han producido en economías dirigidas. Y cuanto más desarrolladas están las sociedades económicamente menos natalidad tienen (la explosión demográfica se frena) y mejor cuidan el medio ambiente. Por lo que una política sabia a largo plazo es preservar la libertad económica y reducir regulaciones excesivas.
O eso me parece a mi, a la luz de mi lógica particular.
Sea como sea lo que parece claro es que la ciencia está, lamentablemente, politizada.
miércoles, junio 01, 2005
Esparta y Atenas
La guerra del Peloponeso, que enfrentó a Esparta y Atenas, representa fielmente la oposición de dos principios sociales y de gobierno antitéticos, que han acompañado a la humanidad en sus múltiples manifestaciones políticas a lo largo de la historia.
Por un lado tenemos la democracia y la libertad, que toman forma en la Atenas tiranicida heredera de las leyes de Solón, por otro el totalitarismo derivado de la férrea legislación de Licurgo.
También se aprecia cómo por aquel entonces la influencia ideológica de Esparta es mayor que la de Atenas, pese a los éxitos indudables de esta en prosperidad, hasta el punto de corromper a algunos de los espíritus más sabios de entre los propios atenienses.
No muy distinta fue la situación en Europa, o incluso en EEUU durante la guerra fría (y quedan de ello rescoldos aún ardientes, demasiados podría decirse). La intelectualidad de los países libres está siempre expuesta a la tentación de sucumbir a los vanos y vagos ideales que hacen posible el surgimiento de los totalitarismos.
Atenas finalmente cayó, no sin antes haber luchado heróicamente. Pero Esparta lo hizo poco después, por si sola. Atenas dejó su legado de sabiduría y arquitectura, escultura...etc. Esparta desapareció por completo, tragada por la nada que siempre fue.
Poco después la guerra de Alejandro y los persas nos ilustrarían sobre el eterno enfrentamiento de Oriente y Occidente, y la riqueza derivada de su unión.
Por un lado tenemos la democracia y la libertad, que toman forma en la Atenas tiranicida heredera de las leyes de Solón, por otro el totalitarismo derivado de la férrea legislación de Licurgo.
También se aprecia cómo por aquel entonces la influencia ideológica de Esparta es mayor que la de Atenas, pese a los éxitos indudables de esta en prosperidad, hasta el punto de corromper a algunos de los espíritus más sabios de entre los propios atenienses.
No muy distinta fue la situación en Europa, o incluso en EEUU durante la guerra fría (y quedan de ello rescoldos aún ardientes, demasiados podría decirse). La intelectualidad de los países libres está siempre expuesta a la tentación de sucumbir a los vanos y vagos ideales que hacen posible el surgimiento de los totalitarismos.
Atenas finalmente cayó, no sin antes haber luchado heróicamente. Pero Esparta lo hizo poco después, por si sola. Atenas dejó su legado de sabiduría y arquitectura, escultura...etc. Esparta desapareció por completo, tragada por la nada que siempre fue.
Poco después la guerra de Alejandro y los persas nos ilustrarían sobre el eterno enfrentamiento de Oriente y Occidente, y la riqueza derivada de su unión.
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