El mecanismo mental que lleva a tantos a claudicar ante poderes mágicos y quienes los representan ha tomado forma, en innumerables ocasiones, en el culto al mago de las palabras y al mago de las ciencias.
Durante mucho tiempo gente como Exmith ha disfrutado de una ascendencia sobre los demás que le otorgaba un poder enorme.
Esta, heredada de los viejos sacerdotes, tenía su fundamento en la aparente capacidad de este tipo de personajes para dar grandes respuestas a todos los asuntos. La religión se hace ciencia o la ciencia religión.
No hay tema sobre el que el gran sabio no pueda decir una palabra. Y en casi todos su palabra – es la última.
La autoridad que les confieren su retórica elegante y sus conocimientos en asuntos arcanos y sumamente intrincados hace de ellos semidioses que subyugan a sus acríticos creyentes con la mística de su sabiduría.
Si además el maestro niega serlo y declara solemnemente su humildad, su limitación y su ignorancia, sus acólitos quedan aún más subyugados por sus virtudes morales y ya no quieren escuchar a nadie más.
Se dicen, cuchicheando entre ellos: “Si el gran hombre dice no poder es que nadie puede”. Nulla Potestas Nisia Deo.
Pero la humanidad puede muy bien, si quiere, prescindir de esos grandes gurús, pues el conocimiento está disperso.
Cada uno, en sus circunstancias, es el mejor conocedor de lo que puede y debe hacer. Ningún gran sabio le puede guiar, por muy bien dichas que estén las palabras que nos dirija o por muy grande que sea el conocimiento que en su limitada parcela de realidad y con sus limitadas capacidades haya podido llegar a adquirir.
El planificador va muriendo, pero en su último estertor pretende aún convencernos de que, pese a todos sus fracasos, él es el mejor y sus variadas recetas las que, aplicadas, producirán las más sabrosas comidas que la humanidad necia pueda llevarse a la boca.
El monstruo socialista se disfraza, ahora que la caída del muro ha mostrado la realidad desnuda del socialismo, de gran demócrata, de hombre dialogante y “liberal” (en una acepción del término harto dudosa), y de enemigo de los “simplificadores” que osan decir que sobra él y sobra su Estado (prolongación artificial de su desmedido afán de trastocarlo y cambiarlo todo).
El monstruo socialista sigue inmerso en un sueño, en un sueño profundo, en el sueño de los “justos sociales”, quizá en el sueño eterno. No quiere que le despierten de ese sueño que lo es también de la Razón, de la Razón con mayúsculas, de la Razón Pura, de la Razón –de Estado, que es nuestra pesadilla.
Es camaleónico porque los tiempos no le son favorables. Antes podía pavonearse, sacar su gran cola de colores y lucirse ante todos, orgullosa y vanidosamente. También podía dar rienda suelta a su furia echando a los discrepantes a los leones, proclamando que padecían alguna superstición enfermiza.
Pero hoy solo le queda cambiar de color, ocultarse entre el ramaje, y no mostrar bajo ningún concepto su verdadera naturaleza política, salvo en andanadas disimuladas y dispersas (cual lanzamiento de lengua camaleónico) pretendidamente no políticas, sino morales.
La gente corriente duda, aún, entre creer / obedecer las “consignas” de estos grandes evocadores de sueños y mirar hacia delante y alrededor con sus propios ojos, juzgando precaria pero independientemente.
Este prohombre dotando de ingentes cualidades no puede estarse quieto, cosa que en él, profesional del parloteo, sería permanecer callado. Necesita urgentemente refutar a quienes ya no creen en él, mostrar su bajeza intelectual y moral. Para ello hace uso de toda su batería de argucias dialécticas y conocimientos científicos, impermeable al desaliento, pues sabe que aún hay oídos que la cera de Ulises no tapó, y a través de los cuales puede pasar su suave canto de sirena de camino a cerebros binarios ansiosos por su constitución de melodías utópicas.
Los que le escuchan no saben que en su utopía, en esa isla en ninguna parte, que él incluso no reconoce ya como final de sus especulaciones, no hay nada, excepto el monopolio de los medios de producción, vida y prosperidad en manos de una elite privilegiada y asesina.
La música conmueve al alma y el mecanismo de claudicación se activa: pronto el cruel e indiferente aparato Estatal estará en marcha, moviendo masas anónimas e impersonales para aplastar a los individuos de carne y hueso, organizándolo todo en aras de un bien moral superior que se cree común, guiado por una verdad alcanzada por la Razón, que tomará forma en un comité de expertos, en un grupo de charlatanes complacientes de alto nivel, que manejarán hábilmente la ciencia de la palabra y algunas palabras de ciencia.
Nada nuevo bajo el sol.
Pero la libertad volverá cuando se descubra –como siempre tarde, muy tarde- el fraude. La tragedia humana, demasiado humana se habrá desarrollado en tres actos.
Porque la libertad siempre vuelve en su eterno retorno.
Llevo una semana disputando inútilmente con un inútil que se cree factotum.
Ante los “conocimientos autoevidentes que nadie puede discutir sin autocontradecirse” tiene el siempre la pistola de su polilogismo cargada de “hipótesis”. Todo muy posmoderno, pero sumamente tedioso para sus oponentes.
Ay, la tenaz realidad nos acecha, siendo implacable juez de nuestros más nimios errores de concepto o acción. Es celosa, la realidad, y no perdona a quien le es infiel. No puede ser soslayada, no puede ser en modo alguno eludida con bellas poesías político – morales o con construcciones teóricas puras.
La realidad es una madre omnipotente de cuya leche dependemos para nuestra supervivencia.
De nada nos servirá decir que la “leche” no lo es todo, que hay cosas de otro orden superior que exigen nuestra atención de lactantes. ¡Vana y pedante retórica!.
Exmith pretende liberarnos de nuestros liberadores para ponerse él en su lugar, y ocupar el puesto que siempre le ha estado reservado por su preeminencia cultural – moral. Poco importa si al tomar las riendas nos esclaviza. No era su intención.
Nos dice, él, que la leche mana sola de la realidad, que no hay que succionar. Pero como no hay quien se lo crea, sobre todo cuando el hambre aprieta, lo dice con mil subterfugios y rodeos del lenguaje.
Parece que vivimos en la sociedad opulenta Galbraithiana, y que ya solo nos queda redistribuir para ser todos felices. Pero la realidad dice que sin succión no hay leche, ni por tanto crecimiento y desarrollo.
Todo esto que digo de Exmith no es más que un inmenso “hombre de paja”. Porque Exmith, ay Exmith, no es más que un –espantapájaros.
Pero los pájaros han evolucionado y ya no se dejan engañar por él. Ahora vuelan y se posan libremente donde les place, en busca de su alimento, y no se asustan ni huyen de lo que antes les parecía una imponente presencia.
¡Total! ¡Si es todo de paja!. Puede que hasta le saquemos una pajita con el pico....¿a ver? ¿A ver?....¡uy, se está vaciando!....¡Otra!..¡otra más!....¡uy, pero si está vacío! - ¡No hay nada dentro!.
Era solo – un pellejo relleno....¡Sujeto a una viga!.
¡Pobre! ¡Pobre! Ahora da hasta pena. ¡Y pensar que en un tiempo nos asustó e incluso no admiró, tan erguido y voluminoso lo veíamos!.
No debimos atacar ad hominem, no debimos sacar las pajitas. ¡Era tan encantador cuando aún era algo!....¡Parecía alguien!.
Parecía, ciertamente, que hacía falta mucho más que sacar pajitas, mucho más que atacar ad hominem. Pero era –una ilusión.
¿Volveremos a padecerla con algún nuevo invento del divino campesino?. Seguramente. ¡Estemos pues alerta!.
En fin, Exmith, que creo que eres un pedante y un coñazo (creo, creo, soy subjetivo).
Y no por autoridad sino por libertad te lo digo.
Y no por autoridad sino por libertad no pienso prestarte a partir de este momento más atención que la que merece un payaso, esto es, prestándotela como suministrador de alegres y placenteras risotadas. Porque, francamente ¿Cómo podría yo tomarte en serio?. Como los payasos eres un tipo triste entre bastidores, pero tus tropiezos y gansadas en el escenario del circo son graciosos.
Dedica a partir de ahora tus “debates democráticos entre iguales” –a tus iguales, adláteres en la farsa neosocialista.
Yo me voy volando hacia arriba.....
Como decía el Zaratustra de Nietzsche “cuanto más alto vuelo más pequeño me ven”.
¿Pero es que acaso – me ven?