lunes, enero 02, 2006

Reduccionismo Biológico y Cultural


Leí el otro día este artículo de Lucía Etxebarría en el dominical de La Razón.

¿Se acuerdan ustedes de "El silencio de los corderos"? ¿La escena en la que el doctor Lecter decía a la agente Sterling que si quería encontrar al asesino no olvidara que los humanos ansían lo que pueden ver pero no tocar?. Lo digo porque recibo montones de cartas enviadas por gente que me cuenta que se ha enamorado de un compañero o compañera de trabajo. Por una razón evidente: lo ven todos los días. Pero muchos de los remitentes de estas cartas ya están casados con otra persona.

A partir de factores como la cultura, la educación y la familia, cada persona configura inconscientemente desde la infancia un conjunto de rasgos que buscará en una pareja. Y cuando estás en el momento adecuado y encuentras a la persona que encaja en ese perfil, los circuitos cerebrales se ponen en funcionamiento y se desencadenan las reacciones químicas. A la postre, el enamoramiento no es más que un alto nivel de dopamina (que aumenta el deseo sexual y provoca euforia) y un aumento de la norepinefrina (responsable de la pérdida del apetito), combinado con un nivel bajo de serotonina (que da lugar a pensamientos obsesivos).
Amamos porque, hace millones de años, nuestros antepasados necesitaban este flujo cerebral, estos impulsos y sentimientos para dirigir su cortejo, apareamiento, reproducción y paternidad. Por eso el impulso del amor está profundamente imbricado en el cerebro humano. Por lo tanto el amor es un instinto animal, el resultado de un flujo químico en el cerebro.

Pero al cuarto año de relación ese flujo se corta. La antropóloga Helen Fisher cree que este ciclo es el remanente de la temporada de reproducción de nuestros ancestros, y viene a decir que un hombre y una mujer deben permanecer juntos al menos hasta que su hijo camine y se destete para que pueda ser cuidado por otros.

Lo que quiere decir es que el cerebro humano se relaciona con un circuito que promueve la unión de parejas durante 4 años. Después ya no funciona la química, sino la cultura, y una persona puede permanecer junto a su pareja porque se siente emocionalmente apegada, pero ya no experimentará ese impulso irreprimible de los primeros tiempos.

El caso es que la química del amor no se limita a los agentes cerebrales que inducen nuestras emociones, porque los humanos evolucionamos con una corteza prefrontal capaz de ayudarnos a controlar nuestros impulsos primarios. Por ejemplo, unas creencias religiosas muy fuertes o el deseo de mantener la posición social suelen bastar para que una persona trate de preservar su matrimonio a toda costa y se niegue a sí mismo la atracción que siente por otros. El hombre, como animal cultural que es, tiene una gran capacidad de reprimirse. De ahí que existan matrimonios que duran toda una vida y se sitúan por encima de la programación genética.

Porque el cerebro es un órgano muy flexible, y diferentes personas lo manejan de diferente manera. Por eso una persona puede sentir un profundo apego por una pareja con la que lleva mucho tiempo y, a la vez, estar locamente apasionado por otra persona distinta. Y se sentirá culpable, sí. Pero la culpabilidad, como el apego, también es una cuestión cultural.



A Lucía le deben escribir muchas personas. Y no me resulta extraño puesto que es una persona famosa, siéndolo además por sus dotes literarias. Muchos la leen y encuentran lo que dice interesante, original, sabio, de su agrado, comparten puntos de vista con la autora..etc etc. Nada más natural que la admiración que le profesan, puesto que ella dice las cosas que, por una razón u otra, ellos quieren oir, y de una forma que a ellos les parece bella.

Yo no estoy en condiciones de valorar su obra literaria puesto que no me considero experto en la cosa y, sobre todo, porque no la he leído. Pero tengo entendido que en ella la sexualidad es tratada con cierto detalle, teniendo un papel que casi podríamos denominar protagonista.

Una sexualidad desnuda -entiéndase esto correctamente-, sin tapujos, libre....

No todo el mundo disfruta de este tipo de literatura o sexualidad. Algunos la encuentran obscena, otros adolescente, otros inmoral, otros superficial. Opiniones, después de todo. Pero debemos tener en cuenta que los lectores entusiastas de su obra comparten con ella un cierto punto de vista sobre asuntos sexuales, una visión moral, inmoral o amoral acerca de la sexualidad y, cómo no, del "amor" (erótico o romántico) que usualmente la rodea y la impregna.

Es posible que en una muestra aleatoria de la población no haya mucha gente que se enamore de un compañero o compañera del trabajo teniendo ya pareja. Sin embargo si esa muestra es tomada de los lectores de Lucía, no sería de extrañar que hubiera muchos, un elevado porcentaje, de enamorados en el contexto laboral , o en cualquier otro habitual (un gimnasio, por ejemplo), pese a tener pareja.

Si uno para por la calle a personas al azar y les pregunta por sus deseo de mantener relaciones extramatrimoniales tendrá variadas respuestas. Si lo hace en la puerta de un Sex Shop las respuestas serán más parecidas. Naturalmente los lectores de la obra de Lucía no son comparables a los clientes de un Sex Shop (aunque los haya que lo sean, igual que muchos que no la leen los visitan). Pero tengo la sensación de que es más probable encontrar a un lector de Lucía comprando en un Sex Shop que a cualquier persona tomada al azar.

Todo esto no es un vulgar prejuicio. Cierto modo de valorar la sexualidad lleva aparejados muchos comportamientos sexuales y no sexuales. Quien considera el amor como algo efímero, como una evanescencia química momentánea o un pesado deber, un via crucis cultural de por vida, como Lucía hace en su artículo, tiene en su poder algunas de las papeletas (bastantes) para que en la lotería de la existencia terrenal le toque llevar (o al menos desear llevar) una vida sexual promiscua.

Como seres humanos nos sería de gran utilidad distinguir el desear del querer. Digo "como seres humanos" puesto que nosotros disponemos, como muy bien indica Lucía, de cerebro prefrontal, a diferencia de otros animales. El cerebro ejecutivo, el cerebro planificador a medio y largo plazo que se supone reside en gran parte en el lóbulo frontal (si bien la neocorteza humana actúa como un todo y está en permanente contacto bidireccional con el resto del cerebro), modula los impulsos llegados del sistema límbico, que constituyen la inmediatez, el deseo desnudo, pero también los afectos profundos, convirtiendo un manojo de instintos en un comportamiento social ordenado y orientado a un conjunto de fines jerarquizados.

Ciertamente la valoración última de lo que es bueno y malo para uno, la jerarquización de fines, no es realizada en el cerebro ejecutivo mas que aparentemente. Nuestro organismo en su conjunto decide lo que desea y esto nos lo expresamos a nosotros mismos a través de la voz interna de la mente a la que llamamos yo, que no necesariamente nos habla con palabras.

Igual de irracional e imperativo sería el impulso a tener relaciones inmediatas con alguien visto pero no tocado (como ese muy real compañero o compañera del trabajo) que el de preservar la pareja que uno tiene. Igual de irracional o de racional, según se mire. E igual de biológico y nada cultural. La culpa no es una cuestión cultural, si bien toma ciertas formas dentro de una cultura, como tampoco lo es el apego.

En lo que se refiere a ese enamoramiento erótico del que Lucía nos habla, no se debe a que algo sea visto pero no tocado. No es un afán por alcanzar lo prohibido. Si nos prohibiesen ponernos chinchetas en los ojos estoy seguro de que no lograrían con ello que la gente deseara hacerlo. Y si no podemos tocar las estrellas no por ello somos menos felices al contemplarlas. Es más, sería un infierno poder tocarlas y el contemplarlas en su elevada lejanía suele producirnos una cierta placidez soñadora.

Hay un imperativo biológico, un deseo de partida, pues. Lucía cree que este aumenta de intensidad cuanto más se ve lo deseado y mayores son las dificultades para tocarlo. Es más, si el objeto de deseo se ve todos los días, el impulso es más evidente. Es posible que un deseo no satisfecho se convierta en obsesión, y se enerve. Aunque también es posible que quien se obsesiona con realizar ciertos deseos los vuelve más apremiantes. Y no es menos cierto que el ver día tras día a una persona hace que esta pierda, a nuestros ojos, la magia inicial. Ver a alguien todos los días, le puedas o no tocar, disminuye el deseo por ese alguien. Prueba de ello es el poco interés en el incesto en casi todos los seres humanos, que surge no por convención cultural (tabú del incesto, exogamia) sino de la naturaleza misma, en circunstancias de contacto continuado entre hermanos a lo largo de años.

No es cosa de cultura, educación ni familia el que uno desee cierto tipo de pareja. Algunos estudios recientes con estímulos olfativos (en los que se daba a oler a una serie de personas la camisa sudada de otra serie de personas y se les pedían opiniones sobre el atractivo de las mismas) apuntan a que buscamos parejas inmunológicamente compatibles con nosotros para tener hijos más sanos y menos susceptibles de enfermar. Pero esos estudios van sacando a la luz solamente unas pocas evidencias. Muchas otras las encontraremos si evaluamos nuestras apetencias sexuales a la luz de la educación recibida en el entorno familiar o escolar. ¿Qué factor cultural exactamente es el que hace, por ejemplo entre los hombres, entre los que me cuento, que a uno le gusten las negras, a otro las gordas, a otros otros hombres y a muchos las top model rubias de ojos claros mientras que a pocos las nonagenarias?....Lucia habla de factores culturales pero no aclara cuales.

¿Cúal es, en cualquier caso, ese difuso perfil de compañero que estos estímulos externos crean en nosotros?. Porque es evidente que ni la cultura, ni la educación ni la familia nos crean el deseo sexual, ni su objeto natural. Aparte que el perfil es tan difuso que no se corresponde con nadie en concreto. No hay medias naranjas. El pensamiento categórico (el que abusa de las categorías), ese al que somos todos tan dados, obvia esta difícil cuestión.

Por otro lado deberíamos preguntar a Lucía si considera a la cultura independiente de la biología.¿No es la cultura, como diría Harris, una adaptación humana a condiciones tecnoeconómicas y tecnoecológicas de su ambiente?, ¿podría en este caso considerarse la educación independiente de la biología?.....¿Y qué decir de la familia, entidad biológica por antonomasia en la que gobiernan los genes con un poder absoluto?.

Al final Lucía incurre en un reduccionismo biológico poco coherente con su visión culturalista al afirmar que el enamoramiento no es más que un alto nivel de dopamina (que aumenta el deseo sexual y provoca euforia) y un aumento de la norepinefrina (responsable de la pérdida del apetito), combinado con un nivel bajo de serotonina (que da lugar a pensamientos obsesivos).

Para ella, si no he entendido mal sus palabras, el enamoramiento sería un efecto de la cocaína, puesto que esta es un poderoso agonista de las catecolaminas, concretamente la dopamina y la noradrenalina (conocida ahora como norepinefrina porque una farmacéutica patentó la "adrenalina").

Así que si uno quiere enamorarse no tiene más que meterse un par de rayas.

Decir que a la postre el enamoramiento es eso, pues, es confundir un estado de excitación con uno de excitación sexual y este último con el enamoramiento.

Y ello por no hablar de la importancia que tiene en la sexualidad, más que en ninguna otra cosa, la interconexión entre soma y mente, entre el resto del organismo y el cerebro. Si hemos de hablar de sexualidad es preciso hacerlo del sistema neuroendocrino, y de los órganos reproductores, y no solamente de las subidas de nivel de ciertos neurotransmisores en el sistema nervioso central.

Cuatro, además, son los años que dura esta orgía química en el cerebro. Ni 2 ni 8. Y culminado el plazo debe cumplirse, parece ser, la sentencia de muerte del amor. Después acaba este y es sustituido por cultura. Y es que "un hombre y una mujer deben permanecer juntos al menos hasta que su hijo camine y se destete para que pueda ser cuidado por otros".

Los devaneos de cualquiera de ellos antes del plazo de los 4 años no se entienden bien, tampoco que su enamoramiento dure más, incluso toda una vida. ¿No hay acaso una química del denominado por Lucía "apego"?. Ciertamente la hay, y los neurocientíficos la están buscando. La explicación culturalista de relaciones duraderas no se sostiene ni el tiempo que se sostendría un matrimonio solamente cultural en nuestros tiempos.

Nuestros instintos en cualquier caso no se desarrollaron en nuestro tiempo. Así pues el hombre y la mujer no deben permanecer juntos hasta que el niño camine y se destete y pueda ser cuidado por otro. En los ancestrales entornos naturales dicha unidad solo se rompería, en todo caso, cuando el niño se valiera por si mismo. Y ni siquiera eso es cierto pudiendo un único progenitor -generalmente la mujer- hacerse cargo del niño.

¿Cuidado por "otros" el niño, pues?: ¿pensamos acaso en la República platónica, donde los niños se entregaban al Estado para que los educase?. Demasiado moderno para la evolución.

Dice Lucía que es la cultura la que preserva las relaciones una vez superada esa fase de enamoramiento químico de cuatro años. Pero también dice, a continuación, que el uno permanece al lado del otro porque "se siente emocionalmente apegado", lo cual es una burda contradicción, puesto que las emociones no son un producto de la cultura, y, desde luego, no son algo que esté "por encima de la programación genética". Y el cerebro no es "usado por distintas personas de distinta manera", puesto que uno no "maneja" su cerebro, sino que ES su cerebro, o una emanación, un epifenómeno, del mismo.

En fin, que los matrimonios se mantienen "a toda costa" (suponemos que con un gran esfuerzo represor por parte de quien lo mantiene). El matrimonio de toda la vida se convierte según esto en un vía crucis de hipócritas reprimidos, dado que se contraría a los genes, que nos exigen mantener relaciones de 4 años (ni más ni menos), y después otra. Una vez pasan los 4 años parece que uno no puede sentirse atraído ni amar (lo que para Lucía parece ser lo mismo) al compañero/a.

Comprendo que Lucía, con su dilatada y variada experiencia sexual, literariamente sugerida o contada, pretenda hacer de ella una especie de filosofía, pero no es admisible llevar la justificación personal hasta el extremo de pretender hacerla pasar por filosofía natural, esto es, por ciencia.

Vamos, que su filosofía vital será la que ella elija, que me parece muy bien, pero la ciencia es otra cosa mariposa.

Si algo es cultural, tal como lo plantea Lucia, escapa al control de los genes, de la circutería cerebral, de la naturaleza, por lo que es algo que necesariamente es elegido consciente y libremente. Pero ay, resulta que esa elección consciente y libre nos dice Lucía que la hace...¡El cerebro Prefrontal!.

Hacemos lo cultural porque queremos, en última instancia. Esa sería la idea de fondo. Pero incluso en ese caso no nos explica Lucía porqué queremos lo que queremos y no otra cosa. Por la cultura, dirá, pero entonces estamos en la pescadilla que se muerde la cola.

1 comentario:

Nomotheta dijo...

Además, cuando se habla de la naturaleza humana, los prejuicios son especialmente peligrosos.