viernes, septiembre 16, 2005

Civilizaciones que son Estados

Vuelvo a mis intermitentes pero interminables reflexiones acerca de la peliaguda cuestión de la conveniencia del Estado a raíz de la lectura de una disputa entre Juan Ramón Rallo y Lord Acton.

¿Es el Estado inevitable?. Yo desde luego no puedo evitarlo.

Durante los últimos años viene el hombre padeciendo cada vez más el miedo a la libertad, aunque no exactamente en el sentido en que Fromn lo planteara. Una mente de homínido se enfrenta a sociedades cada vez más abiertas con perplejidad y estupor. ¿Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos?. Nuestra ancestral psique busca identidad, orígenes y sentido en un contexto en el que la libertad es cada vez más inevitable. El Estado intenta subyugarnos de mil maneras, pero nosotros acudimos a él como si fuera una tabla de salvación en un mar embravecido.

¿Pero acaso vamos a echarnos alegremente a los nada acogedores brazos de Caribdis para huir de una imaginaria Escila?. ¿Escucharemos el canto de sirena de la política, yendo como vamos en nuestra propia embarcación, en el amplio mar, con destino a nuestro hogar, libres, seguros y responsables?.

Porque el miedo a la libertad es el miedo a nosotros mismos y a nuestra individualidad. Preferimos la democracia representativa: un conjunto de oligarcas representantes no tanto de nuestros legítimos y muy personales intereses como de grupos de presión espurios con objetivos abstractos que no se adaptan a nuestras particulares circunstancias y dan de comer a multitud de parásitos. Pero ¿cuántos parásitos puede soportar una sociedad?.....

La democracia directa ateniense es inconcebible, siendo como es la Ciudad Estado una reliquia política perdida en las brumas de un pasado casi mítico. Y total ¿para qué, si con una Ostraka te mandaban a freír monas y la guerra era permanente?.

Nosotros tenemos la más directa de las democracias, ya apuntada por Mises o Sheldon: el mercado, en el que cada compra es un voto y se puede votar cada día varias veces, y no cada cuatro o cinco años una vez. En esa democracia además se suaviza el carácter, dado que la ley del más fuerte (o el más astuto) debe necesariamente ser sustituida por la de el más servicial. Se trataría de un todos contra todos nada hobbesiano.

“Nosotros el Pueblo”, sobran representantes. ¿O es que queremos un Zapatero hablando sobre la Alianza de Civilizaciones en nuestro nombre?. “No en mi nombre”, por cierto.

Los Estados tiemblan ante la posibilidad de perder su poder con la globalización. Igual que la edad moderna eludió con múltiples artimañas financieras las restricciones de mojigata religiosidad contra la “usura”, los capitales de hoy eluden fiscalidades distribuyéndose inteligentemente por todo el globo.

En estas circunstancias producen sonrojo las mamarrachadas de ZP. Podríamos sentir vergüenza ajena si España nos fuera ajena. Quizá eso sea lo que sientan sus socios de gobierno, a los que España importa, ciertamente, pero como importaría a cualquiera su peor enemigo.

Este mundo requiere que se lleven a cabo, con valentía, propuestas como las de Bush sobre la eliminación de barreras arancelarias y subvenciones. Menos Plan Marshall para África y más comerciar con África.

Los impuestos camuflados en pasajes de avión vuelan de los países ricos a los pobres, o, en frase de algún economista brillante, de los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres.

Quien debe luchar contra la pobreza es el pobre, si le dejan sus gobernantes (y los de los países que pudieran importar su producción). Así que dejémonos de grandes frases como “hacer la guerra a la pobreza”, y si se desea mantener la fórmula rimbombante: hagamos la guerra a la ineficacia institucionalizada y al privilegio (que vienen a ser lo mismo).

Abrir las barreras al comercio es una forma además de cerrar las fronteras, sin cerrarlas, a la inmigración masiva.

La Alianza de Civilizaciones se asienta en la idea de Choque de Civilizaciones. He tenido que empezar a leer la obra de Huntington para saber hasta que punto esto es cierto.

Dice Huntington en su libro que los países no occidentales desean “modernizarse sin occidentalizarse”. Desde luego que hay que respetar que cada uno tenga sus usos y costumbres característicos, pero, digo yo, ¿hay una economía para cada cultura?....¿o debe adoptarse la misma economía en todas las culturas para que funcionen bien?. Llevado a lo más simple: si una sociedad decide que su cultura prescinde de la laboriosidad y la frugalidad loadas por los clásicos de la economía ¿puede luego asombrase de que su modernización no vaya al ritmo de la de otros países?....Pues no basta con copiar o importar técnicas.

Así tenemos a unos países que se enfrentan a otros porque no quieren aceptar una occidentalización que consiste, simple y llanamente, en aceptar los principios insoslayables de la acción humana.

Se piensa, también, en la democracia como forma de occidentalización. Pero como ya señaló Lipset allá por 1959, el desarrollo democrático es una consecuencia inevitable del desarrollo económico.

Precisamente Huntington se opuso a esta tesis afirmando que los cambios económicos podían llevar al caos y a la anarquía, como nos recuerda Jagdish Bhagwati en su “Defensa de la Globalización”.

ZP se afana en hacernos ver que hay que superar ese choque a través de una Alianza. Esta sería una especie de contrato social a lo bestia en la que seguramente se buscaría un tutor adecuado en un Estado Global, que sería total, y quizá incluso totalitario.

Pero la alianza se va haciendo subterráneamente con cada contacto comercial, con cada intercambio.

Los primitivos intercambiaban como señal de amistad, y a veces para lograrla. Nosotros no vamos a comportarnos de un modo muy diferente.

Solamente estableciendo contactos abiertos y habituales podremos lograr la paz en el mundo, y el fin de la pobreza.

Pero ahí tenemos a ZP reuniéndose en secreto con totalitarios y tartufos de la democracia, sin micrófonos, sin cámaras.....sin nosotros, el pueblo.

¿Es eso lo que queremos, conciliábulos de maquiavelos?.

Pues eso es lo que tenemos.

¿Y a qué aspiran exactamente esos amantes de su cultura, de sus ritos ancestrales, de su etnia única, de su civilización maravillosa?.....

Ay, a crear OTRO Estado.

5 comentarios:

Maestre de Campo dijo...

No sé a qué aspirarán los paladines de la "alianza" progre, pero sí sé que es imposible llegar a una economía de libre mercado en una cultura no occidental -salvo excepciones-.

Dicho de otro modo: Un país de una cultura no occidental tendrá que aceptar presupuestos occidentalizantes para alcanzar una economía desarrollada que le lleve al capitalismo. Presupuestos como la separación entre religión y política, presupuestos como que el trabajo es bueno, presupuestos como la libertad del individuo... Una serie de principios, propios de la cultura judeocristiana, que, por desgracia, no se encuentran en otras. El ejemplo de Japón es paradigmático, a mi modo de ver, Japón se ha occidentalizado en los últimos 100 años, pero no ha perdido su identidad, simplemente ha cambiado lo que la mantenía en el feudalismo... En el resto de asia, donde el comunismo no lo impide, ocurre lo mismo: la gente pide occidentalizarse para vivir mejor, pero sin perder su identidad.

Hay culturas hostiles a la occidentalización, el islám -si es una cultura- es un buen ejemplo; otro son los indígenas sudamericanos -esos que, según los progres, exterminaron nuestros antepasados-. Lo que está claro es que si un país quiere abandonar la subsistencia tiene que adoptar modelos sociales, políticos, jurídicos y filosófico-culturales occidentales, en caso contrario... Ahí tenemos a Marruecos.

Nomotheta dijo...

Muy de acuerdo.

Roberto Iza Valdes dijo...
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Roberto Iza Valdes dijo...
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Iza Firewall dijo...
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