miércoles, junio 08, 2005

El Dolor Legitimador

El arte plañidero ha obtenido en todo tiempo y lugar nada magros réditos de nuestra conmiseración. Instintivamente reaccionamos ante el sufrimiento ajeno otorgándole de inmediato la razón. Quien sufre vende, al menos hasta que se descubre el cuento de Pedro y el lobo, cuando no hay lobo. Resulta en ocasiones muy difícil discernir el sufrimiento real del fingido, hasta el extremo de que podemos engañarnos incluso a nosotros mismos en este punto. A veces creemos estar muy afectados por cosas que, mirándolas con atención, nos importan un pepino.

El fenómeno del dolor puede ser simple o complejo. Podría calificarse de simple en un electroshock o en una crucifixión, pero no cuando uno pierde a un ser querido o es rechazado en un trabajo. En este caso es complejo, y lo denominaremos como sufrimiento para distinguirlo del dolor simple.

Del dolor simple:

No hay nada, en mi opinión, que tenga una función biológica más clara que el dolor simple. El dolor simple es información en su estado puro. Se podría incluso calificar de sexto sentido, distinto al mero tacto. Desde la sutil incomodidad de una mala posición en la silla, o un molesto picor en la boca al comer chili, hasta los dolores padecidos en los estertores de la agonía, el dolor nos va informando, con una graduación basta pero eficiente, no de peligros potenciales, como podrían hacerlo la vista, el oído o el olfato, sino de peligros muy reales que ya han comenzado a manifestarse como daño. Si ponemos la mano en una brasa, será el dolor el que active la reacción orgánica que la aparte raudamente. El caso de Mucio Escévola, que según la mitología histórica romana dejó impertérrito que su mano ardiera, nos impresiona precisamente por lo paradójico.

Muchas escuelas y tradiciones de pensamiento y religión orientales derivan del ancestral brahmanismo una obsesión por purificarse a través de mortificaciones desmedidas. Los místicos cristianos o los sufíes musulmanes tampoco descuidaron estas catarsis. Es este, creo yo, un modo de intentar elevarse por encima de lo que uno es para mejor entrar en comunión con Dios, o el nirvana o cualquier otro producto de nuestra imaginación idealizadora. Si la razón domina a los impulsos naturales del cuerpo, parece como el jinete que coge por las riendas a un caballo desbocado y lo dirige a su antojo. Y esto confiere a la razón, junto con el papel dominante, naturaleza propia e independiente. Lo que nos lleva al alma por un curioso atajo, y esta a quien nos la insufló, o , en el caso de la mayor parte de las tradiciones orientales, a un estado superior de conocimiento, desnudo de los ropajes del autoengaño. Lo único que podrá calificarse de verdadero es que han alcanzado otro estado de consciencia. Igual que después de correr un maratón uno experimenta cambios químicos en su cerebro susceptibles de generar sensaciones placenteras, mortificarse puede ser un tortuoso camino para hallar placer. Pero para eso bastan y sobran las afables y nada histriónicas enseñanzas de Epicuro.


Algunos pueden calificar de información superflua la suministrada por el dolor simple cuando ya nada se puede hacer para reparar o salvar al organismo. Sin duda lo parece, pero eso no hace más que probar que la selección natural no opera buscando fines concretos. No había un diseño sobre el papel que luego tomara forma en un ser. El dolor no surgió para informar, pero al hacerlo permitió que los organismos pudiesen informarse y escapar mejor a los males que los acechaban. Este es un claro ejemplo de cómo "la existencia precede a la esencia", por citar a Sartre.

La mentira tiene las piernas muy cortas en lo que se refiere al dolor simple. Uno no puede por mucho tiempo fabular sobre lo postrado que le dejan los dolores sin despertar suspicacias y desprecios de los que le rodean. En cualquier caso el corto plazo que tiene el plañidero puede ser empleado hábilmente para obtener algún beneficio inmediato que no requiera, por su naturaleza, ser mantenido en el tiempo. Difícilmente podría uno vivir a costa de otros haciendo el papel de víctima de indecibles dolores. Y es que los dolores simples van generalmente acompañados de otros fenómenos que los demás pueden percibir, y la no presencia de estos despierta las sospechas.

Se puede aducir que muchos dolores son internos, que no tienen visibles manifestaciones. Pero la prudencia nos hace siempre dudar -salvo que seamos unos cándidos sin remedio- de las intenciones de quien proclama sus males físicos sin síntomas mensurables o al menos perceptibles. Solamente otorgamos nuestra confianza en estos casos a aquellos que, desde nuestro particular punto de vista, se han hecho acreedores de nuestra confianza, y de los que pensamos que no buscan obtener otro beneficio que nuestro consuelo o ayuda para paliar el dolor.

El mecanismo natural de la "teoría de la mente" (expuesto en La Falaz Equidistancia) opera en estas situaciones a pleno rendimiento.



Del sufrimiento o dolor complejo:

Nuestras "valoraciones" naturales, y no un estímulo externo, son el fundamento del dolor complejo. Estas son emanaciones de una imbricada red neural cuyo diseño responde a imperativos biológicos. Así que no podemos decir que flotamos en un limbo racional, ajeno por completo a las demandas o exigencias de nuestro organismo. No es pues el sufrimiento o dolor complejo un dolor que informe, sino un dolor inducido por una información codificada en nuestros genes.

Sería exagerado decir que nuestro comportamiento está predeterminado biológicamente. Sin embargo está tremendamente condicionado, y el sufrimiento, o dolor complejo, es un modo que el organismo tiene de frenarse a si mismo en sus impulsos erróneos (adaptativamente hablando). Este dolor complejo, pues, no informa, sino que castiga.

Es el implacable censor y el despiadado verdugo que flagela nuestra alma cuando pretende volar más alto de lo que biológicamente es permisible. Y obedece los dictados del poderoso juez de nuestras "valoraciones" biológicas, que, pese a pasar ante el teatro de nuestra mente en el que opera el "yo" desapercibidas, laboran tenazmente entre bastidores haciendo posible la obra, impulsando la supervivencia y la perpetuación de los genes a través de las generaciones.

Si uno pierde a un ser querido o es expulsado de un puesto de trabajo, por ejemplo, no se ve en tan desdichada situación, necesariamente, por su culpa. Quizá para un caso así la alegoría del juez y el verdugo se nos antoje terrible, injusta, falsa. Pero la naturaleza no se caracteriza por los miramientos para con sus criaturas. El estéril dolor del moribundo así lo demuestra. De un modo grosero y brutal nos indica que por ese camino no debemos ir, que debemos tomar otro distinto, más acorde con las necesidades de la especie. Nada importa que no hayamos nosotros provocado la dura situación que nos aflige, la sufrimos porque no es deseable para nuestros intereses instintivos (tampoco personalizar a la naturaleza, como si ella quisiera esto o lo otro o nos llevase por aquí o por allí, es correcto, y, sin embargo, se puede entender que a través de esa argucia verbal hablamos de disposiciones impersonales producto del azar y la necesidad).

Cuando somos golpeados por la adversidad (o lo que en nuestro fuero interno, consciente o no, consideramos como tal) volvemos a la indefensión primordial del recién nacido. Solamente podemos articular llantos, o balbuceos incoherentes. El llanto, que es el verbo del niño pequeño, se convierte en el portavoz de nuestro organismo. Todo nuestro aparato verbal y mental conscientes son inútiles para afrontar la magnitud de lo que nos ha caído encima. Las adversidades son casi siempre inesperadas. Y nuestro mundo se derrumba ante nuestros ojos llorosos y bajo nuestros pies temblorosos.

Este panorama desolador no es, desde luego, lo que acontece en toda situación adversa a toda persona. Es el extremo al que no siempre se llega. Pero ilustra los límites de nuestra capacidad de soportar el sufrimiento. La desesperación la experimentamos antes o después, en mayor o menor grado, según quién seamos y cuales sean nuestras propias inclinaciones, de entre todas las humanamente posibles y la particular circunstancia adversa que se nos presente.

Un hombre al que un psicólogo califique de psicópata, por ejemplo, no tendrá idénticas inclinaciones biológicas que un tipo "normal", o, para ser precisos, no tendrá la misma combinación de impulsos que un tipo clasificable como "normal" o, mejor, como "no psicópata". Tampoco entre dos personas "normales" podrá uno encontrar semejante equivalencia. Cada ser humano tiene una especial dotación biológica que, no divergiendo en lo esencial de las otras dotaciones humanas, le hace distinto y único. Estos distintos tipos humanos resultantes de las distintas combinaciones genéticas son diferentes estrategias naturales para lograr la supervivencia y perpetuación de los propios genes. El ambiente hace el resto, pero en ese resto que le queda poco puede hacer para cambiar la configuración inicial en cada individuo concreto, que es inamovible.

Habrá, pues, en la variedad derivada de las distintas combinaciones genéticas, dentro del patrón común, personas de una mayor sensibilidad para determinadas contingencias, y personas menos sensibles. Estas últimas podrán ser más o menos capaces de fingir dolor, mejores o peores actores en la tragicomedia de la vida (todo sea dicho, una estrategia más, muy aplicable en sociedad).

En la antigüedad se contrataba a mujeres para que llorasen en entierros. De ahí viene la figura de la plañidera. Esas personas no es que careciesen de sensibilidad para la muerte, simplemente eran insensibles a la muerte de personas que no tuvieran significación alguna en su particular odisea vital (sobra decir que no es lo mismo perder a tu padre que al padre de un vecino). Nada perdían con la muerte que lloraban. Ganaban, en cambio, un dinero o algún otro premio no monetario por su llanto. Su teatralidad era para ellas beneficiosa.

Igualmente beneficiosa puede ser la caracterización del sufrimiento para los que pretenden engañar la natural empatía de los demás. Sería una argucia más de entre el elenco de posibles formas de mentir. Y contaría con la ventaja de ser difícilmente detectable, dado que la única manifestación externa que tendría sería la propia palabra y el propio gesto del farsante.

Como las personas, en general, son proclives a ayudar al necesitado o a consolar al desgraciado, quien desee cierta clase de ayudas o consuelos puede tratar de ponerse teatralmente en situación para obtenerlos. Incluso puede, como decía al principio de esta larga disertación, autoengañarse, creerse su papel, convencerse de que realmente sufre (aunque el sufrimiento, todo sea dicho, distará mucho de ser igual que el que se dice tener).

Uno puede también haber sufrido, realmente, pero con posterioridad, superado el dolor, seguir aprovechándose de la buena voluntad de los demás, queriendo a hacer creer a estos que sigue hundido.

Uno puede también verse enfrentado a una situación en la que otras personas se derrumbarían, donde casi todo el mundo se derrumbaría, y desde su entereza fingir terrible pesadumbre y pedir lo que los que verdaderamente sufren reciben en parejas circunstancias.

Uno puede sentirse fatal y, pese a ello, considerar que eso le da derecho a decir lo que quiera, a pensar lo que quiera, que le da la razón, que convierte, por un sortilegio dramático, por una alquimia filosófico-moral, sus extravíos y paranoias en verdades, sus argumentos en incontestables, su punto de vista en único posible.

Y no faltarán, podemos estar seguros de ello, quienes cegados por la empatía, por el deseo de agradar a quien se encuentra desconsolado y desesperado, digan SI a lo que salga de la boca del desdichado, y le escuchen como si su sufrimiento le volviese inmaculado moralmente e infalible en sus sentencias. Ni tampoco faltarán quienes desde la segunda derivada de fingir empatía por su dolor aprovechen para darle la razón en la medida en que ello responda a sus intereses.

Querida Pilar Manjón, a ti, que pediste en tu comparecencia en la comisión del 11-M que no se politizase la masacre, te pregunto: ¿quién hace política con los muertos?.

Por tus últimas declaraciones me parece que tengo una respuesta. Al menos en lo que a ti se refiere.

Tu dolor no legitima tus palabras, ni las de nadie en realidad. Puede que la mentira que disfrazas con tu terrible desgracia no tenga las piernas tan cortas como la del dolor simple. Primero y fundamental porque tu dolor no es, casi seguro, una mentira, y segundo por la complejidad del mismo, que lo convierte en inasible y fácilmente lo pervierte en instrumental para la propagación de mentiras de otra índole.

2 comentarios:

Gonzalo Villafáñez García dijo...

Me pregunto, y es algo que no hago por meterme con una víctima, que habrá pensado ayer Doña Pilar cuando víctimas del 11-M han firmado un manifiesto pidiendo seguir investigando en clara oposición a lo que ella defiende, ¿seguirán siendo víctimas? O lo que habrá pensando cuando ayer se detuvieron hasta 25 islamistas que envíaban terroristas a Irak para provocar más víctimas, y entre ellos estaban algunos que perpetraron el 11-M. ¿Es también culpable Aznar de estos nuevos comandos y células durmientes? ¿Y si al final como insinuan de nuevo los Servicios de Inteligencia, se produce otro 11-M, por no dejarles operar sin problemas en España y meterlos en la cárcel? ¿Nos pondremos a buscar culpables? ¿De donde habrá que retirar tropas?
Es tan patético cuando dice Doña Pilar Majón que lo único que quiere es investigar y estudiar la yihad islámica "y esos movimientos" que temo no sepa realmente lo que es o como piensa el islamismo moderno.

Un saludo
Nota: ¿Habría que calificar de ensayo algunos de tus post?
http://elhpc.blogspot.com

Nomotheta dijo...

Manjón ha abusado de su papel de madre mártir. Es ingrato decirlo, pero peor es permitir que se erija en referente público de las víctimas, y aproveche esta circunstancia para arremeter contra los que menos culpa tienen de lo acaecido.

Yo no me atrevería a calificar de ensayos mis post. Si bien son más extensos que un aforismo, distan mucho de desarrollar plenamente los asuntos tratados.

Según los escribo me pasa lo que al caminante que siguiendo una senda encuentra casi a cada paso bifurcaciones y encrucijadas.

Si explorase más profundamente cada una de esas desviaciones podría crear un cuadro más amplio y detallado de los asuntos simplemente esbozados.