lunes, junio 06, 2005

Globofobia

Es ya sobradamente famosa la metáfora de la "mano invisible del mercado" de Adam Smith. Con sencillez y brillantez hace inteligible el mecanismo impersonal e impremeditado a través del cual la suma de un conjunto de interacciones sociales egoístas puede dar lugar a unos resultados globales beneficiosos para la mayoría de los actores intervinientes, resultados que ni el más altruistas de los planteamientos hechos por una mente individual o grupo de mentes coordinadas deliberadamente, acompañado de la más firme voluntad y la más resuelta acción, habrían podido lograr.

Hacen falta unas buenas dosis de intuición para tener una idea semejante, o al menos para entenderla. Ocurre igual que con la idea de selección natural de Darwin. Y, una vez expuestas, estas visiones tan abstractas y globales han de ser contrastadas empíricamente, lo cual no es en absoluto sencillo, puesto que encierran tal cantidad de circunstancias dentro de su marco interpretativo, dado su alto nivel de abstracción y generalización, que quien lo desee puede fácilmente escamotear las conclusiones que se derivan del mismo enfocando el asunto desde otra perspectiva causal.

Dicho de una forma más sencilla, con un ejemplo:

Yo puedo hablar de la "bofetada invisible del mercado" porque en mi experiencia particular -siempre única- he visto truncadas mis expectativas de éxito precisamente por ese mecanismo impersonal e impremeditado del mercado, o así me lo parece. Nada importa aquí que la teoría de Smith sobre la mano invisible del mercado incluya, dentro de sí, una explicación plenamente satisfactoria para este caso particular, al considerar tanto los éxitos como los fracasos como resultados posibles de la interacción del mercado (y las percepciones subjetivas de ese par de estados antitéticos). Porque yo puedo argumentar que mi caso no es tan único -al menos en lo que a fracaso se refiere- y que son legión los que sufren los tormentos de la impotencia y la miseria al tratar con sus semejantes a través de los mercados. Y puedo continuar mi argumentación señalando que el mercado, en definitiva, crea más desdichados que afortunados, con lo que pongo en duda la amable conclusión del sabio escocés.

El problema, desde luego, no hace más que empezar. Si es torticero punto de vista cobra fuerza entre todos aquellos que estén en una misma situación que la mía -la misma situación, naturalmente, exclusivamente en lo referente a percibir los resultados de los propios esfuerzos y/o méritos como baldíos o insuficientes por causa del mercado- podemos, todos los afectados de este mal real o figurado, coaligarnos y ejercer poderosa presión (dependiente del número, fuerza e influencia) en las instituciones y en la sociedad.

Y dicha presión puede trastocar profundamente, bien directamente o bien a través del aparato de compulsión y coerción del Estado (que sigue dictados electorales o de otra índole menos trasparente), el orden espontáneo del mercado, de forma tal que este se desvirtúe y podamos de su mal funcionamiento inducido servir nuestros particulares intereses, de otro modo pasados por alto total o parcialmente.

Este daño infringido al mercado no deja de tener adversos efectos sobre todos los que participan en él -incluidos, aunque no lo crean- los que participan en el grupo de presión. Sin embargo el daño para los demás intervinientes en el mercado no se ve compensado con los beneficios que obtiene el grupo presionante.

Conforme medran en el cuerpo político, económico y social, como malas hierbas o destructivo cáncer, distintos grupos en defensa de diversos intereses presuntamente justos e indudablemente olvidados o rechazados por el mercado, no solo tocan a menos, sino que con los golpes que dan a este preciso mecanismo de relojería distribuidor de bienes, servicios y rentas que es el mercado, lo dañan más, llegando al final al irreversible mal de detener su marcha, y con ello el tiempo del reloj.

Esta metáfora del reloj no está de más. Como señaló hace ya muchos años Ludwig Von Mises, el estudio de la economía debería ser solamente una rama de la praxeología o estudio de la acción humana. Quien paraliza la economía, obstruyendo el correcto comportamiento del mercado, ataca de raíz al hombre, al limitar o coartar sus acciones destinadas a obtener sus distintos fines típicamente humanos. Para el reloj de la acción. El hombre se ve, a consecuencia de ello, disminuido o anulado en tantas facetas de su acción cotidiana, que pierde con ello su individualidad, y se limita a esperar instrucciones de lo alto (que a estas "alturas" sería un mecanismo regulador completamente ajeno al mercado, lo cual solo cabe asimilarlo al Estado, donde quedarían acumulados y representados todos los intereses que en un pasado adoptaron forma de grupos de presión y ahora constituyen una elite disfrutadora de privilegios).

De cómo de las cenizas del mecanismo del mercado no sale ningún Fenix luminoso tenemos más que sobrado testimonio con la experiencia política -eminentemente política diría yo (pues nada quedaba fuera de la política)- soviética. El socialismo real sigue aún hoy dando lecciones de inoperatividad, represión, privilegios, pobreza de las masas, falta de individualidad y consiguiente de iniciativas.....etc.

Sin duda se trata de un extremo grosero (pero que ha sido tremendamente real, con más de cien millones de muertos como consecuencia). Pero los casos extremos son sumamente ilustrativos de hacia dónde se va cuando se desliza uno por ciertas pendientes. El hombre es perfectamente capaz de ciertos extremos. Los hay que tienen un terror cerval a una imaginaria mercantilización de la vida, a un mundo "neoliberal", y no prestan la debida atención al verdadero monstruo, que está, lo diré con una metáfora tomada de Star Wars, "en el otro lado de la fuerza", que convierte al hombre en sí en mero autómata privado de la capacidad de elegir.

La idea de Smith, pues, puede muy bien no ser aceptada por falta de entendimiento, e incluso por mala fe, por parte de quien desea vivir mejor sin rendir cuentas al mercado (esto es, a los demás). Y, como vemos, puede ser escamoteada con extraordinaria sencillez.

El mercado realmente no tiene una naturaleza específica separable de la acción diaria de los hombres. Es, de hecho, la consecuencia natural de esa acción, es esa acción. Como tal, pues, debe considerarse un fenómeno natural, primario. El que haya con el tiempo adoptado formas cada vez más complejas y aparentemente alejadas de lo considerado más humano da origen a la paradoja de que muchos de quienes lo integran, y lo configuran cotidianamente, se consideran ajenos al mismo. Igual le pasó al hombre con la selección natural. Le parecía inaudito ser un animal más. Y negó su condición con vehemencia. Nada más inútil y más peligroso. Inútil porque negar la realidad no cambia la realidad. Peligroso porque negar la realidad de pensamiento obliga casi siempre a tratar de negarla con la acción, y lleva a desastrosas iniciativas que solo pueden fracasar.

El mercado no es otra cosa que el intercambio que los hombres, voluntariamente, hacen entre sí. Y esto es solamente el modo en que los hombres libres, bajo el imperio de la ley, dan y toman.

Ante tan evidente hecho solo queda aceptar la realidad o tratar de violentarla. Quien opta por lo segundo debe empezar por la violencia teórica, por salirse del marco interpretativo convencional, cada vez más estrecho y firme, creando una visión alternativa que convenza a unos cuantos descontentos, para después ejercer presión junto con ellos.

Generalmente lo más apropiado para llegar a muchos descontentos, cuando faltan alternativas reales que ofrecerles, consiste en mostrar una imagen deformada, exagerada, sumamente crítica y negativa de la situación presente aderezada con breves apuntes de un futuro ideal, de abundancia y felicidad, que se alcanzaría merced a la acción concertada de los descontentos. No otra cosa hizo Marx. Y tuvo un gran éxito, dado lo falso de su doctrina, gracias al uso de esta apocalíptica milenarista propia de las religiones.

Anticipando inminente catástrofes, muchos han logrado la atención y el concurso de sus contemporáneos para sus descabalados proyectos. La teoría de Marx tuvo además la particularidad del efecto Pigmalión -o de la profecía que se autocumple- pues a partir del "fantasma que recorre Europa" del comunismo (mencionado en su Manifiesto Comunista), un fantasma que era tal, pues carecía de base social (era "espíritu puro", el de Marx y su colega Engels), construyó un poderoso aparato de violencia y presión, capaz de hacer temblar en sus cimientos al siglo XX.

Hoy nadie augura el colapso del capitalismo. Todos asumen, con mejor o peor disposición, la caída del muro. Mas sin embargo sigue habiendo personas y grupos que pronostican terribles desastres, esta vez ya no sociales, sino naturales, imputables, también, al capitalismo, naturalmente.

A partir de unos datos científicos escasos, cuando no discutibles (pero más científicos que los de Marx, todo sea dicho), muchos científicos elaboran hipótesis que ciertos grupos de interés (dentro de los cuales a veces están los propios científicos) tratan de hacer pasar por teorías o verdades científicas plenamente contrastadas. A partir de ese núcleo de duda, de incertidumbre fundamental que es la ciencia cuando se trata de analizar cosas todavía desconocidas, se crea un maremagnum de opinión infundada que pretende ser sapiencia consolidada y que toma rápidamente partido, pasando a la acción.

Los modernos movimientos ecologistas tienen mucho de esto. Y desde ellos se anima a tomar medidas urgentes desde el poder, y si no hubiera un poder eficiente a tal fin a crearlo, para impedir el fin de la humanidad que presumen inminente.

Por supuesto esto nada tiene que ver con que pudiera existir un cierto riesgo de deterioro del sistema climático que, del mismo modo que el del mercado, podría colapsarse. Pero estas cuestiones deben enfocarse desde la ciencia, mucho más hondamente, y solo después, analizando pormenorizadamente los pros y contras, beneficios y costes económicos y ecológicos, adoptar una actitud informada.

Lo que no se puede es atacar la libertad en nombre de un posible peligro, cuya evitación, en cualquier caso, pasa por una solución desconocida.

También existe una poderosa corriente que, pese a no poder atacar de frente al triunfante capitalismo, debe buscar atajos enrevesados, ajenos por completo a la razón, para denigrarlo. Así se ha creado la perversa caricatura del "neoliberal": ese malo malísimo que toma inexorablemente el poder en el capitalismo, manejando cual marionetas a los políticos que votan los ciudadanos desde su poder en la sombra de corte plutocrático y despótico, y a los ciudadanos mismos a través del engaño y la intoxicación publicitarias y el racionamiento de los empleos.

El mal, en su estado puro...eso es el neoliberal.

Este inexistente personaje, este fantoche grotesco, este "hombre de paja", es el que busca liberalizar las economías con el fin evidente de acumular cada vez más poder en manos de menos, menos entre los cuales, naturalmente, él se encuentra.

La mano invisible de Adam Smith busca abarcar el orbe. Si se abren los mercados, nos dicen, llegará un apocalipsis de desempleo masivo, pauperización del trabajo, perdida de identidad de los pueblos e individuos. La bestia Neoliberal trata de hacer suyo el mundo entero, de extender el capitalismo salvaje, de articular los mecanismos para mejor explotar al prójimo.

Contra la evidencia de la reducción a nivel mundial de la pobreza absoluta -desaparecida de Occidente- nos presentan la pobreza relativa. Contra la evidencia de la reducción de precios y la mejora de las calidades con la apertura de los mercados al comercio nos hablan de la destrucción de puestos de trabajo en sectores menos competitivos. Contra la evidencia de la pobreza generada en el tercer mundo por Estados Socialistas, que afecta al 90 y pico por ciento de la población, nos presentan los bajos fondos de alguna gran urbe capitalista, o el empleo precario de un pobre hombre, o el paro estructural de algún otro. Y así indefinidamente, porque el mundo no es perfecto y siempre pueden encontrarse miserias incluso en las mejores familias....

La Globofobia es el lugar intelectual común a todos los elementos descritos en esta breve exposición (y algunos otros, por ejemplo los partidarios de la identidad cultural), en algunos casos su particular cementerio de elefantes ideológico. Se trata de un poderoso sentimiento -estúpido sería subestimarlo- pero con un elenco de "razones" viciadas por el interés más espurio o la estulticia más manipulable.

Vivimos en una época preñada de prosperidades, ella misma lozana. Pero si nos dedicamos a golpear en la tripa a la embarazada nos exponemos a que no haya porvenir....o a que salga atrofiado.

Y este si es un vaticinio fundado.


Nota: El término "Globofobia" lo he tomado de la obra del economista catalán Xavier Sala I Martín.

2 comentarios:

Héctor dijo...

Me siento algo inquieto por no tener ningún punto en desacuerdo contigo, en esta exposición. ¿Qué clase de liberal será éste, te preguntarás?
En serio, te felicito por la claridad y la concisión.

Nomotheta dijo...

Está claro que eres un liberal de mi clase (o yo de la tuya), en lo que a globalización se refiere (y en lo que sobre esta he dejado escrito). ¿Por qué, pues, habríamos de discrepar?.

Gracias por participar.